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sábado, 27 de noviembre de 2010

"Valmont (No Puedo Evitarlo)" 0015

Me sucede siempre. No puedo evitarlo. Siempre me acerco (ojalá, en realidad, siempre lo intento) a quien más daño me puede hacer. No hago caso de los designios, ni de los horóscopos, ni de los hados, no. No escucho a la razón, ni a los argumentos lógicos, no. No veo los indicios, ni sospecho, ni indago, ¿por qué iba a hacerlo? Yo voy a mi aire, veo, busco, elijo, y ataco. Soy así. Y no es por nada en particular. Simple y sencillamente, no puedo evitarlo.

Mi vida es gris y triste, y yo no puedo evitarlo. No es que la vuestra sea mejor, no os confundáis con esto. La rutina me aplasta, como a todo el mundo. Nunca logro todo lo que me propongo, como le sucede a casi todos. La vida es hastío, y lo sabéis, y yo no puedo evitarlo. Cada cosa nueva, cada momento de asueto, cada amistad impostada, conduce inexorable y lentamente a la realidad oscura, a la mansedumbre del día a día. No puedo evitarlo.

Me enamoro cuando y de quien no debo, y no puedo evitarlo. Sé que me confundo, que yerro, pero sigo avanzando, como un zapador que quisiera avanzar hasta la posición enemiga, aún sabiendo que lo que va a encontrar allí no es lo que él querría. Me acerco a gente que refleja mi incertidumbre, y con ella me hiere y me hunde, no puedo evitarlo. La soledad me empuja a intentar agarrarme a cada brizna de esperanza, de alegría, de novedad, exponiéndome a los golpes y los cortes que me esperan tras cada esquina, no puedo evitarlo. Sé dónde están mis enemigos, sé cuáles son mis errores, sé cuáles son mis propias artimañas de autoengaño, y aún así, ejecuto cada plan de fracaso con denodada dedicación, con milimétrica exactitud, con sombría elegancia, hasta que encuentro la hostia, que espero con ansia. No puedo evitarlo. Cada vez que me parece que todo va bien, surge en mí la sospecha de que me equivoco. De que algo saldrá mal. De que esa alegría se desvanecerá. De que esa cita no se producirá. Sucede siempre de esta forma, como si una maldición ancestral se cerniera sobre mí, e hiciera en mí presa y no me soltara nunca. Nada de lo que planeo se realiza. No soy nadie, no estoy con nadie, no le intereso a nadie sucede así, y nunca me equivoco, no puedo evitarlo.

A veces, en la soledad oscura de la noche en mi cuarto, aprieto los puños, rechino los dientes y lloro, implorando el perdón de unos dioses que sin razón me han castigado. A veces, en mi soledad cautiva, alzo el puño contra ellos, desafiándolos a acabar con mi precaria existencia. A veces, en la impostura miserable que esconde mi falsa sonrisa, es donde se esconden los rescoldos del fuego de mi ira contra el mundo, y soplo, y lloro y grito, no me gusta hacerlo, pero no puedo evitarlo. Hoy hace seis meses desde que alguien que creí cercano me dijo que no era sino una marioneta, un avatar, un fantasma, que era presa de mis propias inercias, de mis propios sentimientos, de mi idea de lo que mi ser representa... Me dejó atrás, y sé que, cada vez que lo hace, mira hacia atrás con ira, con odio y con desprecio, porque eso es lo que yo le inspiro, no puedo evitarlo. Y estoy al borde de caer otra vez al abismo por abrir otra vez la misma puerta, pero en un sitio distinto. Primero me halagan, luego me desprecian. Esperan que sea un avatar sin alma, pero, tras la imagen, se esconde alguien, agazapado, temeroso de ser visto, pues es cuando alguien llega a verlo cuando se produce el abandono, la tristeza y la soledad. Otros esconden un ser malvado y temible tras la máscara que los viste, yo oculto un ser complejo, tímido, sensible. Alguien que a mí me gustaría conocer, pero que, lamentablemente, no inspira el mismo sentimiento en el resto del mundo. Estoy aburrido, así es la vida, pero yo no puedo evitarlo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

"Ella Me Mira Cada Día" 0014

Ella me mira. Cada día. Cada vez que nos cruzamos. Cada día. Cada mañana. Cada día. Cuando voy al trabajo. Cada día. En menos de cien metros, siempre en el mismo lugar. Cada día. Es bellísima, y me mira. Cada día. Si pudiera elegir, en una telenovela haría le papel de la bella malvada, y me mira. Cada mañana.

Me cruzo con ella cuando voy al trabajo, y no sé quién es, ni por qué me mira. Pero lo hace. No sé si me ira porque quiere, o me mira porque yo la miro, porque lo hago, y la miro porque es la chica más bonita con quien jamás me haya cruzado. Es bella. Tiene estilo. Es alta y preciosa. Y me mira cada mañana. Me mira fijamente, a los ojos, cada día. No sé cuándo empezó. No sé cuándo fue la primera vez que nos cruzamos las miradas. No recuerdo nada cuando ella me mira, más que a ella. No me deja pensar en nada su mirada. Ella me mira, y no sé por qué. Y no debería importarme, en realidad. Sólo sé que, cada mañana, muero por encontrarme su mirada. Y que, cuando, por azar, alguna mañana no me cruzo con ella, es como cuando un adicto no encuentra su dosis. Soy dependiente de su mirada. Necesito el chute de adrenalina mañanera que me proporciona el clavar sus ojos en los míos. Cada día, cada mañana. En ocasiones me la cruzo de nuevo a mediodía. Y me mira de nuevo...

No sé si será que la conozco de antes, ahora sólo sé que la conozco porque me mira... No sé si habré hablado con ella antes de que empezáramos a mirarnos, pero me mira como si nos hubiéramos conocido en una vida pasada y lejana, en esa vida ansiada que no puedo vivir ahora, en la que me va todo de manera diferente a como me va ahora, en esa vida en la que ella no sólo me mira... No sé si será que quiere conocerme, pero sería algo tan extraño que no puedo siquiera imaginarlo... En fin, no sé por qué lo hace, pero me mira. Me mira y me traspasa. Su mirada entra por mis ojos, llega a mi cerebro y se reparte por mi columna vertebral, haciendo que cada red neuronal, cada fibra de mi sistema nervioso se ponga en alerta... Me mira... Me mira...

Espero que llegue el día y deje de mirarme, y me hable, y me diga qué ve en mí digno de mirar cada día, por qué me mira, por qué cada mañana nos cruzamos en una porción de tiempo, en una porción de espacio, en una coreografía diaria que tan sólo nos hace cambiar de escenario, bien algo delante, bien algo detrás, pero no de paso, y que se perpetúa en el tiempo haciendo volar mi imaginación y mis sueños...

sábado, 20 de noviembre de 2010

"La Merienda De Los Hombres Fuertes" 0013

Cuando era más niño imaginaba que al llegar a mi edad mi vida sería muy diferente. Me veía a mí mismo con un millón de amigos, casado y con críos, en una casa con jardín y con perro. Más que nada, porque, a mi edad, mis padres ya llevaban casi diez años casados, y tenían dos críos. Así que, si a los diez te preguntan cómo te crees que serás a la edad de tus padres, seguramente te mires en ellos y digas lo que ves. Salvo el perro. Nunca tuvimos perro, aunque yo hubiera querido. Los momentos más felices de mi infancia se ligan a perros que eran de otras personas, así que, ¿cómo no querer tener uno? En aquellos días de pan con Nocilla de dos sabores estaba "Blackie", una especie de pastor alemán negro, que era de aquel niño, Iván, o Víctor, no recuerdo bien. Hace ya tanto tiempo. Íbamos por la chopera, o cerca de la presa, o por las tierras de Danvila, que tenía unos perros muy hijos de puta, y "Blackie" siempre venía con nosotros, como en "Los Cinco". "Blackie" se peleó con un gato, y el muy cabrón le sacó un ojo. Quizás por eso no me gustan los gatos. O por eso, o porque son muy independientes, y yo no soy así. La perra que tenían mis abuelos se llamaba "Neska", y sí que era un pastor alemán de verdad. Era el animal más fiel que he visto nunca, y se volvía loca de contenta cuando les íbamos a visitar. Le enseñé a abrir el pestillo de la puerta de la huerta, premiándola con piruletas de corazón. Sé que los perros no deben comer dulces, pero, qué queréis, yo era un niño. Mi abuelo se enfadó, porque "Neska" se escapaba y se metía en casa cuando hacía frío, o si había visitas, para que la saludaran. Cuando mi tío murió, muy lejos, "Neska" estuvo toda la noche aullando de pena. Tampoco soportaba a los gatos, quizá por eso nos llevábamos tan bien. Así que, en realidad, el que yo me viera a mí mismo con perro de mayor era una cosa bastante evidente. Sobre todo porque no teníamos perro porque a mi padre nunca le gustaron. Y a mí sí.

Ahora no tengo perro, porque ya no me gustan tanto como cuando era pequeño. Ni gato, porque cada vez me gustan menos. Y no es el único error de apreciación que tuve en mi más tierna infancia. No estoy casado. Ni tengo hijos. Y los amigos tampoco es algo que abunden. Muy a menudo, tengo que andar mendigando mi ración individual de amistad, porque a la de amor renuncié hace ya demasiado tiempo. Los amigos como los de las películas, o las series de televisión no existen. Todos tenemos nuestros propios problemas, nuestras propias miserias, y no queremos compartirlas con nadie, ni que las vean de refilón, así que la amistad, como tal, cada vez es un bien más escaso. Las amistades de cuando eres un crío te parece que durarán siempre. Cada día es una aventura, y más si, como es mi caso, vives en un pueblo. Un pueblo, sí, y eso que ahora los aborrezco. Comíamos moras, tirábamos piedras al río, montábamos en bicicleta, y nos reíamos como niños, que es lo que éramos. Hoy ya no es nada como era antes, y las puñaladas, las envidias y las conspiraciones son el pan nuestro de cada día. Lo que hablas con A, lo sabe B al día siguiente, y, si lo sabe B, es cuestión de tiempo que lo sepa todo el abecedario completo. Y lo peor es que no es algo privativo de mi generación, no. Se da en todas las edades, y se seguirá dando. Por qué hablas con A, si no es mi amigo. Por qué B se tiene que meter en todo lo que no le importa. C haría mejor en callarse, porque opina sin tener ni idea... Y así siempre. Siempre... Como el amor. El amor es una gran mentira, porque sólo eres plenamente consciente de que lo has tenido cuando lo pierdes. Yo lo tuve. Poco tiempo. Pero lo perdí. Y, desde entonces, vago sin rumbo, orden ni concierto. Exactamente igual que antes de encontrarlo. Si a cada persona nos corresponde un amor en la vida, el mío ya pasó de largo. Lo dejé escapar. Por eso mantengo la esperanza de que, en realidad, ese amor del que dicen que sólo existe uno, sea el amor que se mantiene, no el que se pierde. En fin...

La vida da muchas vueltas, y en mi caso quizá hasta demasiadas. En una tarde noche solitaria de un sábado de Noviembre te vienen muchas cosas a la cabeza. Sobre todo del estilo de "debí haber hecho esto", o "quizá si hubiera escuchado a tal persona todo sería diferente", y no es sano. Los "debí haber hecho" es mejor evitarlos, porque se dan por cosas que no hiciste, con lo cual ya no tienen remedio. Y, además, te pueden dar tentaciones estúpidas, como la de llamar a aquella persona a la que "debí haber llamado" hace años, tan sólo para comprobar que eres capaz de hacer el idiota a través del espacio, pero también del tiempo. Los "si hubiera" son otra trampa mortal. Nada de lo que hagas ahora cambiará el hecho de que, si hubieras dejado que tu padre te enchufara en tal puesto de trabajo, ahora podrías estar mejor situado, pero también en el paro, o de que, si hubieras hablado antes con aquella chica que te gustaba tanto, quizás lo que escribes ahora sería un cuento floreado, pero también una nota de suicidio porque ella te ha abandonado. Todo se reduce a un momento feliz, con un instante certero, en el que dijiste "sí, puedo" y pudiste. Todo es caos, azar y suerte. Caos, azar, suerte y... soledad.

viernes, 19 de noviembre de 2010

"Imparable, de Tony Scott" (¡Ojo, Spoilers!) 0012

Tito Denzel es un veterano maquinista de un chungo tren de mercancías. El Capitán James T. Kirk es un novato enchufado, que hace de jefe de convoy. No se llevan bien por el tema de la crisis y los despidos de la empresa, Denzel es viejuno y el otro un pimpollo, a él le van a despedir y al otro no.

En una estación cercana, el hermano gordo y tonto de Earl es maquinista, o lo que sea, de un megatren del copón, que según el cartel pesa un millón de toneladas y según la peli mide ochocientos metros, lo que da un total de mil doscientas cincuenta toneladas por metro de tren. O lo que es lo mismo, cada metro de tren pesa lo mismo que trescientos veinte Hummer H2 y medio. El caso es que el de la Torre de Control de la estación de tren le dice a él y a otro redneck que lo quiten de la vía en que está aparcado, porque tiene que pasar otro tren por ella, con ciento cincuenta niños dentro, tan voceras que te dan ganas de que se estampen de verdad. Pues el hermano de Earl decide que el tren puede ir sin conectar los frenos, porque "Total, si es de aquí a allá, ¿qué pué pasar?". El caso es que el gordopilo decide bajarse en marcha para cambiar las agujas de la vía, y, nadie sabe por qué, el tren acelera mágicamente, y, aunque corre para montar de nuevo, no lo consigue. El tren se va a vivir su vida solito, y el hermano de Earl y el otro idiota corren tras él en una frago con ruedas de tren. Rosario Dawson es Jefa de Estación (ya ves tú), y sabe que su empleados son gilipollas, pero aún así se cree lo que le dicen, así que llama a un soldador Cowboy para que espere al tren que va despacico en un cruce y lo saque de la vía a un apartadero. Cowboy llega, espera al tren y no aparece. Los que sí aparecen son los dos rednecks, y ahí se dan cuenta de que el tren solitario no va despacio, sino rápido. Y se arma el belén.

Cuando se entera la prensa de que un tren va sin conductor a toda hostia, los de la RENFE yanqui se enteran de que tienen un cargamento de no-sé-qué muy inflamable porque se lo dice uno que pasaba por allí. El Jefazo de la empresa dice que seguro que no pasa nada, y que va a montar una historia para detener el tren. Rosario dice que hay que descarrilarlo en un descampado, pero el Jefazo se niega. El tren casi se choca con los ciento cincuenta niños, y se choca con un remolque con caballos. Intentan para el megatren con una locomotora puesta delante y un ex-marine "recién llegado de la Guerra de Irak" descolgándose en un helicóptero. Por supuesto, el marine se fostia nada más aterrizar, la máquina de tren descarrila, se estampa, explota y el prejubileta conductor palma. El tren sigue a su bola, y atraviesa un un vagón del tren de Tito Denzel, que se lleva medio mal con James T. Kirk. Como a Tito Denzel lo van a despedir, decide ser el héroe del día, yendo a atrapar al tren en su locomotora. Pero ojo, no así de guay, no. ¡Marcha atrás! El Jefazo dice que si hacen eso les va a despedir, y los dos le dicen que "pa tu culo un barbo", y pasan de él. Rosario Dawson y el que pasaba por allí se alegran, y pasan del Jefazo. Tito Denzel conduce marcha atrás mirando por la ventanilla, como si aparcase de oído un Alfa-Romeo, y, poco a poco se acercan al megatren, que se lleva por delante todo lo que encuentra (descarrilador potátil incluído), y al que no hay forma de parar, literalmente, ni a tiros. Si llega a Stanton sin bajar la velocidad, entrará en una curva muy cerrada y descarrilará encima de mil millones de litros de combustible, y será el fin del mundo. Rosario le dice a los chicos del tren que son la única esperanza de la Humanidad, y el que pasaba por allí le dice a Tito Denzel, que lleva de maquinista veintiocho años, cómo hacer para parar el tren en contramarcha: pisando el freno y soltando, de manera alternativa. Si lo pisa todo el rato se le quema. Así que, al final, tras muchos temas, consiguen enganchar el tren, no sin que antes James T. Kirk se joda un pie al ponerlo entre un tren y el otro. Parece que funciona, pero no, así que Tito Denzel se sube al techo del tren para ir frenando vagón a vagón, de manera manual. No se le ocurre ir directamente a la locomotora y frenar, no. Lo hace vagón a vagón, porque si no, la peli se acabaría muy pronto. Parece que funciona, pero no, porque la locomotora que va marcha atrás peta. Así, llegan a la curva de Stanton más deprisa que el apuntador de Speedy González, hacen un poco de equilibrio, ponen el tren a dos ruedas (bueno, alguna más), se cae la carga y tal, pero al final no vurlca. Tito Denzel se queda encima de un vagón como DiCaprio subido en la proa del Titanic, y se da cuenta de que no puede pasar más de un vagón a otro porque está mayor y hay que saltar lejos.

Entonces, aparece el soldador Cowboy en su frago de Walker Ranger de Texas, y obliga a voces a que James T. Kirk, cojito y tó, salte a la caja de la frago y se ponga con cara de velocidad, agarrado al techo. Luego salta de la frago al tren y lo para. Pese a ser imparable. Todos quieren a Kirk, su mujer le perdona que le quisiera dar una hostia el mes pasado y Tito Denzel sonríe subido al vagón, sin moverse. Luego hacen una rueda de prensa y el Cowboy se ha cambiado de ropa, pero los demás no. Ah, y al final no les despiden...

jueves, 18 de noviembre de 2010

"La Invasión De Los Ultracuerpos" 0011


Ya sabía yo que no podía ser así siempre. Ya lo sabía. Y era más que evidente para mí desde hace algún tiempo, aunque todos creían que no. Esa mujer, ya casi cincuentona, que parecía la Madre Teresa de Calcuta, era, en realidad, la Bruja del Norte. Y no es porque no lo hubiera dicho mil veces, no. Todo el mundo me decía: "Es que le tienes manía, es muy maja. Y muy servicial." Ya. Como todas las arpías, escondía su verdadera cara tras la máscara de una adorable madrecita, muy del Opus, y siempre muy guay. Siempre. Pero que te deja la misma sensación que te dejaba ver a tu padre poseído por las vainas mutantes de "La Invasión De Los Ultracuerpos". Desazón.


La típica persona que te pregunta por tu vida, por tus inquietudes, por tus problemas. Al principio tragas, y no crees que sea lo que es. Luego sospechas, aunque crees que quizás es porque eres un malpensado. Y hasta te atormenta el pensar esas cosas, ¿qué clase de paranoico eres? En fin... Luego te das cuenta de que, como por arte de magia, ante ti se presenta sin careta, aunque sigue fingiendo. Tú ves lo que hay, aunque ella se comporta como si no. El resto del mundo sigue ciego, pero tú ya eres inmune a sus encantos, reales o no. Y ella sigue, con su fachada de buena persona, de santurrona de opereta, de beata de metacrilato. Su chusco buenismo acaba rayando al más pintado. Que si "Pobrecito no sé quién", que si "Pobrecito no sé cuántos", y todo ese rollo de buena samaritana. Siempre hablando de su "ñiño", de si tengo o no novia (¿qué cojones le importa a ella?), de si soy más o menos melancólico, triste o agresivo, y chorradas por el estilo. Dura, y dura, como el conejito Duracell. Pero esas pilas no duran para siempre. Al final, también se gastan...

Hoy me ha enseñado su cara real. Delante de gente. De algunos de los que creían que yo exageraba, que me lo tomaba todo demasiado a pecho. Hoy ha salido la maldad, y, para el no iniciado, ha sido como cuando de Gizmo salió Stripe. Hasta la cara la tenía diferente. Y todo porque las cosas deben ser como ella cree que deben ser, no como son en realidad. No con sentido común, no. No con algo de cabeza, no. Ha de ser su voluntad. No me voy a extender en el problema, porque no merece la pena, pero ha venido, me ha culpado, mandíbula desencajada, rostro retraído, como de perro de presa cuando ataca, y se ha ido. Con su Pepito Grillo particular, que de todo habla y de nada entiende, dándole palmas y jaleando sus desvaríos. Vaya dos tristes. Vaya dos. Que hablan en clave delante de los demás para que nadie se entere de sus tejemanejes. Como si le importaran a alguien...

Pero hoy estoy tranquilo. Hoy he ganado. Hoy, soy el vencedor. No sé mañana...

martes, 16 de noviembre de 2010

"El Cataclismo" 0010

Si miro atrás y pienso seriamente todo lo que he vivido, me doy cuenta de que, en realidad, nada de lo que esperaba que sucediera en mi vida cuando era joven se cumplió. Nací el año que se proclamó al primer presidente negro de los hoy extintos Estados Unidos de América, hecho aquel que se tuvo como el gran cambio mundial que todos esperaban, pero que, transcurridos los años, se vio que no era para tanto. Un presidente vino, otro se fue. El que vino, con el tiempo también se fue, y otro ocupó su lugar, todo cambió para seguir igual, y al final, no pasó nada.  Desde la vieja Europa, sus habitantes observábamos la deriva del gigante anglosajón, que sin duda había comenzado varios años antes, y la pujanza del nuevo gran jefe del orden mundial: China. El gigante asiático, dormido y aletargado durante décadas, por fin despertó como el dragón que siempre había sido, y se convirtió en el nuevo mandamás global, apoyado en su superpoblación y su poderío militar y tecnológico.

Mi juventud transcurrió, lenta y dubitativa, entre las pocas ganas de estudiar, la certeza de que encontrar un trabajo decente era poco menos que inalcanzable y las hedonistas ganas de disfrutar de los placeres que nuestra avanzada civilización nos ofrecía. Intensas jornadas de estudio, en una desquiciada competición por ver quién conseguía las mejores notas en cada asignatura se entremezclaban con interminables fines de semana de entrega a la diversión, al sexo y al alcohol. Nada parecía poder hacernos variar estas rutinas, tomadas por la juventud como su propia tradición desde hacía ya algunas décadas. Millones de jóvenes de todo el mundo dedicábamos nuestra vida entera a trabajar o estudiar, para, acto seguido, pasar horas inconscientes, a merced de las más potentes drogas de diseño, imbuidos en futuristas videojuegos hiperrealistas, o en fantasías milagrosamente integradas en nuestros salones híper tecnificados. Toda la sociedad se hallaba inmersa en su bullicioso modo de vida, sin importarle que, en otras zonas del mundo se viviera en condiciones sólo comparables a las de siglos pasados. ¿Por qué preocuparse de algo que no se quería ver?

Así, como digo, transcurría la vida en la Tierra por aquellos años, hasta que, en una nunca antes contemplada e implacable combinación, la estupidez humana y la sabiduría de la naturaleza se mezclaron, dando como resultado lo que los historiadores actuales denominaron El Cataclismo. El fenómeno al que durante años se refirieron científicos y estudiosos como cambio climático, aún y a pesar de los vanos intentos de los gobiernos de todas las naciones poderosas del planeta, se reveló imparable, y dio como resultado una serie de sequías pertinaces que hicieron especial mella en los territorios que ocupaban las potencias del antaño denominado Primer Mundo, haciendo que gran parte de su población pereciera, bien por la escasez de agua y alimentos, bien en las tumultuosas revueltas que esta misma escasez propiciaba. Los gobiernos, incapaces de reaccionar, y presas del pánico, vieron en los países que antes ocupaban el furgón de cola del bienestar la salvación y la solución a sus problemas, al estar menos densamente poblados que los suyos propios. Sin embargo, esos países, en otro tiempo débiles e independientes, decidieron unirse en una rocosa federación que se extendió por gran parte de África y Asia, y que se hermanó con los países del sur del continente americano, y rechazó de plano las exigencias de las antiguas naciones ricas. No sirvieron condonaciones de deuda ni los sucesivos ofrecimientos para la implantación de industrias que harían llegar el dinero a mares a los lugares que nunca antes habían entrado en los planes de esas compañías.

Llegados a este punto, muchos dirigentes de los países que se veían ahora devastados por el hambre comenzaron a ponerse nerviosos, y, de esta forma, los gentiles ofrecimientos derivaron en veladas amenazas, y esas veladas amenazas, en poco tiempo, se convirtieron en abiertas declaraciones de guerra unilaterales, con ánimo de invadir los países que rechazaran acoger a los habitantes de las naciones poderosas. Los países mejor preparados comenzaron su campaña bélica contra las naciones del tercer mundo, sin calibrar las consecuencias que esto podría  acarrear. Nadie sabe exactamente cómo sucedió, pero un día, tres capitales de tres grandes naciones fueron arrasadas por sendas bombas atómicas. Millones de personas murieron, en segundos. Ante la amenaza de repetir estos ataques, los países que una vez fueron poderosos, a pesar de contar con mejores medios, y ante el pánico de la población a los ataques pseudo-terroristas indiscriminados, decidieron abdicar, y se rindieron frente a la ahora poderosa Federación de Países del Mundo. La Federación impuso severas condiciones a los países perdedores, y férreos controles fronterizos con leoninas exigencias para todo aquel que quisiera traspasar los límites de la misma. El quinto año de sequía mundial, tras dos años de la denominada Tercera Guerra Mundial, la población del planeta había descendido a una sexta parte de la existente antes del comienzo del Cataclismo. Y seguía bajando. Yo tuve suerte. Sobreviví.
La Vieja Europa agonizaba, ahogada por la falta de recursos y atenazada por las fronteras de la gran China y de la nueva Federación. Los Estados Unidos, en su mayor parte se habían convertido en un desierto, Asia y África eran terreno vedado y la única zona del mundo que, aparentemente se mantenía ajena a todo aquello era Oceanía. Al principio, por razones históricas, Australia se alineó con sus hermanos anglosajones, si bien pronto se dio cuenta de que la batalla estaba perdida de antemano y se dedicó a defender sus propias fronteras y a restañar las heridas recibidas por su temprana implicación en un conflicto abocado al fracaso desde el principio. Después de la guerra, decidieron imponer las mismas condiciones que chinos y federados a todo aquel que quisiera exiliarse en su territorio, para evitar mareas masivas de inmigrantes que pusieran en peligro su propia existencia, libre, sí, pero no por ello menos precaria.

lunes, 15 de noviembre de 2010

"El Día Después De La Revolución" 0009

Tras la Revolución, todo fue lo mismo. Nada fue diferente. Una vez disipado el humo, una vez asentado el polvo, vimos que nada había cambiado. Nos movimos por inercia contra el poder establecido, y, después de todo, no hubo nada. Ni ira, ni culpa, ni pena. Nada de lo que postulamos llegó a buen término, quizá porque, como juventud adocenada que éramos, elegimos la forma fácil de desentendernos de todo. No hubo luchas de clases, ni visionarios que guiaran a las masas, ni grandes fanfarrias anunciando el advenimiento de un nuevo orden mundial. a Revolución, como tal, había triunfado, pero fracasó engullida por entelequias políticas y multinacionales de zapatillas deportivas. No hubo símbolo por mancillar, ni icono que no fuera reutilizado. De todo lo que vivimos, de todo lo que construímos, apenas si quedó en pie nada.

El fallo fue simple, eterno, pero unitario. Las revoluciones de antaño eran constantes, altivas, multitudinarias... En la época de la carrera espacial, del hormigón y del cristal, nadie movió un dedo por alzarse contra nada que estuviera fuera de una pantalla. La Revolución fracasó, una vez ganada, porque nadie osó hablar ni decir nada. El silencio, como muro de contención de la desidia y la ignorancia, vomitó desprecio y desconfianza, y lo que hubiera podido ser un golpe de timón definitivo acabó siendo una breve y molesta turbulencia en nuestras vidas. Los poderosos, los concomitantes, los indulgentes, los ignorantes, todos, todos ganaron a la Revolución. Todos sacaron tajada de ella, todos la violentaron y la usaron a su antojo, convirtiéndola en logo y anuncio de una generación perdida, que no ha hallado una forma de despertar, dormida.

Una vez pasada la Revolución, una vez remplazados las farolas y los escaparates rotos, nada tomó una dirección distinta, nada varió. Incluidos nosotros, los revolucionarios, que, como presas de unas fiebres de temporada, una vez desarrollada la fiebre, una vez sanadas las calenturas, volvimos a nuestros quehaceres diarios, entre tristes y aburridos, sonriendo con apatía por el deber cumplido...