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martes, 11 de septiembre de 2012

"Decepción (Exceso De Ilusión)" 0060


(Todo lo que va a leer es falso y verdadero. Cualquier parecido con la realidad es coincidencia. Buscada, pero coincidencia...)

Sí. Soy de ésos. Me dejo llevar por la ilusión. En todo. En los juegos, en las fiestas, en las relaciones con la gente. Me ilusiono fácilmente, y la mayor parte de las veces sin motivo. Pero de eso me doy cuenta más tarde.


No nos engañemos, tan malo es, en esto de ilusionarse, pecar por exceso que hacerlo por defecto. Pero, al menos, el que no se ilusiona nunca, no se lleva decepciones. O se las lleva más pequeñas, si acaso. Me ilusiono con mi equipo. Me ilusiono con un videojuego. Me ilusiono en una boda. Me ilusiono en un Torneo Medieval. Me decepciona que mi equipo pierda la final (a veces pasa). Me decepciona que el videojuego se acabe muy pronto o sea demasiado difícil (casi siempre pasa). Me decepciona no encontrar a mi media naranja en una de las damas de honor de la boda (no pasa nunca). Me decepciona que en la Justa gane el Caballero Negro (esto pasa siempre). Un suponer, claro. Me ilusiona que me digas que quieres tomarte un café conmigo, pero me decepciona que te lo plantee tres veces y ninguna te venga bien. Me ilusiona que me digas que me vas a llamar, pero me decepciona que no lo hagas. Me ilusiona  conocerte, pero me decepciona haberte conocido. Y me fastidian estas cosas sobre todo cuando no soy yo quien te he buscado. Tú viniste a mí, nos conocíamos apenas de vista y me hablaste. Mi sentido arácnido se volvió loco, sólo me decía "¡Peligro! ¡Peligro!", pero no hice caso. Y al final me llevo una decepción, por el exceso de ilusión.

Pero ya basta. Ya he acabado. No quiero jugar más a esto. Me declaro oficialmente desilusionado. No responderé a las miradas de la gente, ni a las sonrisas, ni a los arrumacos extemporáneos. Nada de lo que nadie haga o me diga me hará cambiar de opinión. Me declaro lobo solitario, aún viviendo en una manada. Como dice la canción, nunca llevaré el corazón encima, por si me lo roban...

(Por cierto, si alguien lee esto y se da por aludido, que se olvide. No tengo tan mal gusto como para airear mis trapos sucios aquí, y a quien podría interesarle está fuera de estos ámbitos. Así que no seáis egocéntricos...)

jueves, 5 de abril de 2012

"New Piccadilly" 0059

Cuando decidí soltar lastre en mi vida, tú fuiste la primera en caer. Entonces (y a veces, aún hoy), me dolió como si mil millones de agujas hubiesen atravesado mi corazón, pero, casi un año después, veo que fue una decisión más que correcta. Por eso, ayer, cuando te vi sentada en la misma mesa de aquel vetusto café , el "New Piccadilly", cerca del Soho, un mar de sensaciones me embargó. Miles de horas nos pasamos allí, sentados, juntos. Si lo pienso, cualquier sitio en que estuviera me resultaba agradable si allí estabas tú. Incluso aquellos antros de modernos tan prestados de sí mismos en Kings' Cross, o aquellas malolientes guaridas de artistas malditos cerca de Camden Town. Al verte, como decía, este año de separación desapareció momentáneamente, y me acerqué a tu mesa, con la intención de sentarme a tu lado, como siempre hacía. Levantaste la vista, clavaste tus ojos en los míos y de manera cuasi-telepática me dijiste: "Siéntate a mi lado, volvamos a lo de antes, no sé si tú me echas de menos tanto como yo a ti, pero, si es así, ven, cuéntame qué has hecho todo este tiempo, con quién has estado, y si todo lo que has vivido ha mejorado en algo lo que tú y yo teníamos, si es así, no pasará nada, pero, si no has encontrado lo que buscabas, quizás podamos volver a empezar a buscarlo juntos...". Creo que me lo dijiste tú, pero quizá lo soñé, o quizá lo dije yo, quién sabe. El caso es que, a escaso metro y medio de ti, una fuerza invisible me retuvo, como si un muro de energía se interpusiera entre nosotros, durante interminables segundos. Me quedé allí, inmóvil, como congelado en el tiempo, mientras todas las endorfinas que embotaban mi cerebro se difuminaban hasta quedar completamente disueltas en mi torrente sanguíneo... Apartamos la mirada, seguimos a lo que estábamos y no nos dijimos nada... Me fui de aquel café emborrachado de sentimientos encontrados, amor, odio, ira, alegría, resentimiento...

Recordé en mi camino de vuelta a casa todo lo que fue nuestra no-relación. No estábamos juntos, pero no estábamos separados. Te dije que te amaba tantas veces que parecía una canción empalagosa de los Beatles, y sin embargo, tú sólo me lo dijiste una vez, en aquel pub tan inglés, tras tomarnos más pintas de Guinness de las que quizás hubiéramos debido. Me lo dijiste y cuando te miré a los ojos vi claro que era cierto... Ahí me enamoré de ti perdidamente, pero tú empezaste a alejarte de mí. Primero poco a poco, pasando un par de días o tres sin vernos... Luego semanas... Hasta que desapareciste tres meses por los bajos fondos arties de la cuidad que, sin ti, a diario me engullía, me masticaba y me escupía al frío y empedrado suelo. Ni cartas, ni llamadas, ni nada. Salvo aquella nota absurda, en la que, con letra temblorosa, me pedías que te esperara...

Apareciste al fin, el día que menos lo esperaba. Estabas delgada, pálida, y mojada bajo la lluvia que caía a mares sobre Kensington Road... No nos dijimos nada, tan sólo nos abrazamos y me prometiste que a partir de entonces siempre estaríamos juntos. Te perdoné por todas las puñaladas traperas que habías infligido a mi corazón, corazón que yo mismo te había entregado, e hicimos el amor como adolescentes enamorados... Pero, nuevamente, fue mentira. Así que, con un esfuerzo sobrehumano, y como quien se desengancha de la peor de las drogas, cerré mi corazón a cal y canto, y a mí con él, y decidí no volver a hablarte, ni a verte, ni a escribirte, ni a llamarte, ni a necesitarte nunca más. Fue duro, pero lo conseguí. Aún hoy a veces tengo recaídas, y me despierto a mitad de la noche, bañado en sudor y en lágrimas, deseando llamarte y pedirte que vuelvas... Pero siempre he conseguido ser fuerte, siempre me he resistido... Y, desde ayer sé que, si he podido resistirme a caer de nuevo teniéndote delante de mí, siempre podré luchar contra el fantasma de un amor que jamás existió plenamente más allá de mi propio corazón y me cerebro.

No te lo tomes a mal, pero no me engañaste tú, me engañé yo solito... Hasta nunca, espero.

domingo, 1 de abril de 2012

"Sor Citröen" 0058

Ayer, estaba en mi casa, tirado en el sofá, zapeando como un descosido, hasta que me crucé con "Cine de Barrio". Suelo pasar de estas pelis, ya las he visto mil veces, y me las sé casi de memoria, pero mi espíritu kitsch y retropop me hizo detenerme en ella. Ponían "Sor Citröen", otra vez. La pillé justo en la escena en la que la malograda (hay que poner esto, ¿no?) Gracita Morales lleva a una niña, con su vestidito sesentero y su corte de pelo de niño a ver su hermano pequeño, que está en otro orfanato, en el que el cura encargado es Juanjo Menéndez. Les dejan verse todas las semanas un par de horas, y, al separarse, la llantina llega de la pantalla al patio de butacas, del patio de butacas a la platea, y, por la magia catódica (aunque ya es más bien digital), de allí al salón de nuestras casas, quién lo diría en aquella época, ¿verdad?

El caso es que, al ver a esa niña, mis ojos se empañaron, y no por lo especialmente sensiblero de la historia, sino por los recuerdos que esa niña me trajeron de golpe, cosa que no me había pasado nunca hasta ayer, y que creo que volverán a mí cada vez que vuelva a ver esta película en las míltiples reemisiones que el destino y RTVE nos deparen. Esa niña, con el pelito corto, y con aquel vestido, era igual que tú en la foto aquella que me enseñaste de cuando tenías seis, o siete años, y me contaste que tus padres te cortaban el pelo a lo chico, aunque tú querías llevarlo largo, como las demás niñas. Esa foto en la que, a pesar del tiempo, ya se distinguían tus ojos de color aguamarina, y tu sonrisa pícara, de niña traviesa. Te conocí un día que ya no recuerdo apenas, y me enamoré de ti casi al instante. Hicimos planes que nunca se cumplieron, y que, visto lo visto, seguramente jamás lleguen a realizarse. Nos enfadamos, nos amigamos de nuevo, hablamos del futuro, del presente, de cosas de cuando éramos niños, de todos esos sueños que podríamos ver cumplidos, de todo, de todo aquello...

De todo aquello hoy ya apenas queda nada. Tan sólo la voz de tu conciencia que aparece de manera intermitente, a modo de Pepito Grillo, para recordarme que estás ahí, aunque ya prefiera no verte. No te confundas, no te aparté porque te odiara, sino más bien todo lo contrario. Las cosas son mejores cuando se saben de antemano, y nuestra amistad, o lo que fuera, nunca tuvo demasiado sentido. Tú eras fuego, juventud y fantasía juvenil. Yo era hielo, premadurez y fantasía crepuscular. No hubiera salido nada bueno de aquello y los dos lo sabíamos, aunque fingiéramos ignorarlo. Aquella tarde, en aquel bar al que no queríamos ir, supe que, si tú me lo hubieras pedido, me hubiera quedado contigo para siempre. Pero no lo hiciste. Normal. Mis fantasías crepusculares, como de cowboy derrotado, nunca se cumplen, y, en el fondo ambos sabíamos que eso no pasaría jamás. Sin embargo, aún hoy, me late fuerte el corazón cuando te recuerdo. Donde quiera que estés ahora, sólo te deseo que te vaya bien, y es de corazón, porque te amé, aunque tú lo dudaras. De momento, para no olvidarte del todo, tendré que esperar a que otro día, de esos que transcurren lentos, tirado y sólo en el sofá, mis dedos y el Universo se pongan en conjunción cósmica para volver a conectar con ese programa de cine caduco y casposo, y lo hagan justo en el instante en que esa niña que eres tú vaya a ver a ese otro niño que llora cuando ella se va, y que soy yo. A partir de ayer, una película de una monja que conduce un 2Cv será la llave de mis recuerdos hacia ti, que son muchos, y casi todos buenos. Nadie me preguntará a quién va dedicado esto, porque quienes lo tienen que saber ya lo saben, y, si me lees, sabrás que va dirigido a ti, porque estoy seguro de que a ti también te gusta "Sor Citröen"...

sábado, 25 de febrero de 2012

"Solo En El Andén" 0057

Cuando llegué,  no había nadie en el andén. El convoy acababa de abandonar la estación y las atareadas hormigas ya habían escapado, camino de Dios sabe dónde, más allá de las paredes del hormiguero ferroviario en el que cada mañana se introducían. Cuando llegué, estaba solo en el andén. El murmullo del túnel, reflejo del tránsito de trenes, era lo único que se oía, interrumpido tan sólo por el chisporroteo ocasional de la catenaria. Me planté ahí, viendo el reloj que marcaba el tiempo que faltaba para que el siguiente tren llegara. Lento, segundo a segundo, faltaban cerca de seis minutos. Cuando llegué, en el andén no había nadie, aunque ahora ya no estaba solo. Por las otras entradas, un par de hormigas nuevas miraban al vacío esperando la llegada de su tren. De nuestro tren.

Un instante después de que el reloj cruzara la frontera de los cinco minutos, llegó aquel tipo. Salió de la misma entrada que yo, llevaba gabardina gris y leía un periódico. No sé cuál, y la verdad es que, si lo pienso ahora, tampoco es nada importante. El caso es que en el andén estábamos las dos hormigas obreras, aquel tipo y yo. No había nadie más. Se acercó a mí, distraído, absorto en su noticiero impreso. Por un instante creí que chocaría conmigo, distraído como iba. Pero no. No sólo no chocó, sino que se colocó justo delante de mí. Pensé que sería algo momentáneo, algo transitorio, un mero instante, tratando de buscar acomodo en el andén. Pero no. Creí que se iría, que no se quedaría delante de mí, obstruyendo mi visión del reloj. Pero no.

El tipo aquel, el gris, se quedó justo delante de mí. Apenas unos centímetros por delante de mí. Como si no hubiera otro sitio. Como si no hubiera otro puto sitio. Cuatro minutos. Retrocedí unos pasos, para poder ver el reloj a pesar de la presencia de aquel extraño ser. ¿Por qué estaba ahí? ¿Por qué? ¿Acaso lo hacía por molestarme? ¿Acaso aquel tipo quería decirme algo? Por mi cabeza pasaron varias ideas, como impulsos eléctricos imparables, dejando un poso crepitante en mis neuronas. Pensé en golpearle con el mango nacarado de mi paraguas en la base del cráneo. Una vez, dos, tres, hasta que se retorciera ensangrentado en el suelo entre estertores de muerte. Pensé acercarme por la espalda y ahorcarlo con el cable del cargador de mi smartphone, y dejar su cadáver tirado en el duro pavimento con los ojos fuera de sus órbitas, con esa conmovedora expresión de sorpresa que se les queda a los asfixiados. Pensé claro, en empujarle al paso del tren. Tres minutos apenas... Dos minutos cuarenta y cinco segundos... Dos minutos treinta... ¿Por qué no? Ahora ya había más gente en el andén. Quizás unos treinta o cuarenta. En poco más de dos minutos toda la estación estaría repleta de hormigas obreras, esperando ansiosas por entrar en las entrañas del monstruoso gusano de metal que las alejaría de allí. Nadie repararía en un pequeño tropezón, firme pero casual. Nadie sospecharía jamás que un cualquiera había podido sentir el irrefrenable impulso de tirar a un desconocido a las vías. Nadie... Un minuto...

Una corriente de aire invadió el andén, hecho premonitorio de la inminente llegada de un tren a la estación. Los cabellos, las gabardinas, las faldas, se movían al compás que marcaba el aire, mientras yo me acercaba de nuevo a la espalda de aquel tipo gris, que seguía atrapado en la lectura de su periódico. Algunos chisporroteos eléctricos y golpes metálicos anunciaban la pronta llegada del tren a su destino. La voz de megafonía anunció a todas las hormigas obreras la inminente entrada del convoy, mientras yo ya era la sombra de aquel petimetre inoportuno. Ya no veía el reloj, pero veía la luz de la máquina llegar al extremo contrario del andén... Tres... Dos... Mis manos se tensaron, mis músculos crepitaron, mi corazón se aceleró y mi frente comenzó a sudar de manera imperceptible. "Es tu fin" pensé, mientras calculaba mentalmente a qué distancia de la máquina debería empujarle para que no tuviera tiempo ni de reaccionar... Uno...

El tren llegó a su destino. Cientos de hormigas obreras subieron y bajaron de sus vagones. Incluido el tipo gris de gabardina que leía su periódico, ajeno a lo cerca que había estado de morir aquel día. No lo empujé porque no quise hacerlo. No a él. Vendrían más. Al fin y al cabo, cuando llegué no había nadie en el andén, aunque de eso haga ya más de diez horas. Hoy, veintitrés hormigas han estado a punto de morir atropelladas por el metro, y ninguna de ellas lo sabe. Pero bueno, da igual ahora. Porque ahora ya estoy de nuevo solo en el andén...

domingo, 20 de noviembre de 2011

"El Hombre Hueco" 0056

"Hace mucho que no entro por aquí, no me tomo una copa con vosotros y os cuento el desastre letal que es mi vida. Hace mucho que no uso vuestro hombro para llorar mis penas a la luz de una vela, rodeados por la bruma del temor, el olor del resentimiento y la amargura de la melancolía. Hace mucho que no lloro por las esquinas de este mundo fantástico, formado por unos y ceros. Y no es porque no haya tenido ganas de hacerlo en estos meses, no. No es porque no me haya podido la impotencia al ver que soy incapaz de reconducir mi propia vida hacia terrenos inhóspitos, nuevos y desconocidos,  tales como el éxito social, el reconocimiento sincero o, simplemente, el día a día tranquilo y sin sobresaltos. No, nada de eso ha sucedido, pero, por pura pose, por mantener mi fachada incólume, he decidido voluntariamente sustraerme de contaros mis penas y miserias que, al fin y al cabo, tampoco son tan diferentes de las de cualquier otro ser penoso y miserable de los tantos que habitan este mundo, o cualquier otro.

No consigo tomar las riendas de mi vida, y, más allá de eso, permito que sean otras personas, extrañas, ajenas y desconocedoras absolutas de mi persona y mis circunstancias, las que guíen mi destino. No puedo tomar decisiones sin consultar a presuntos oráculos que creen que saben de todo y no conocen de mi realidad nada. No soy siquiera capaz de mirar a los ojos a nadie y decir "Todo, lo bueno y lo malo que en mi vida ha habido, se debe, sola y exclusivamente, a mi propia voluntad, ya sea para bien o para mal", porque sé que es mentira. Siempre me he dejado arrastrar por la corriente. Siempre he permitido que otros me conduzcan a la perdición, sin oponer resistencia. Siempre he formado parte de una masa informe que ha guiado mi destino hacia derroteros inesperados pero no del todo extraños para mí, ni inapropiados.

A día de hoy, y si miro a mi alrededor, veo todo lo que no he conseguido, y me tiemblan las rodillas al pensar en la ingente cantidad de cosas que me quedan aún por no conseguir. No soy nadie de provecho, no he conseguido triunfar sobre nadie, no he encontrado nadie que comparta mi vida, ni nadie que quisiera compartirla pero yo se lo negara, en un ejercicio de egoísmo supremo. No he desentrañado el significado de mi existencia, ni tiene pinta de que logre desentrañarlo en breve. A cambio, vivo una existencia anodina, fría y gris, abocada a la desilusión constante y a apagar las pocas luces que se encienden en mi camino a base de dolor, lágrimas y desencanto. No consigo mostrar quién soy, ni parece que nadie quiera asomarse a verlo, y quizás con razón.

Soy el que se sienta en el fondo del local, pretendiendo ser interesante, pero que está allí, solo, sin nadie que le acompañe, simple y llanamente porque no encuentra ni encontrará quien quiera sentarse a su lado. Porque no tiene quien le escuche. Porque no encuentra quien le soporte. Y todo esto porque ya han visto, por fin, lo hueco y vacío de su discurso. Algo aparentemente banal se convierte en esencial, y muestra la vacuidad de su propuesta vital. No soy nadie, y yo lo sé. Pero lo más triste es que tú lo sabes también, y no sólo porque te lo haya dicho ahora. Ya lo sabías de antes.... Pero te engañabas..."

lunes, 25 de julio de 2011

En Busca Del Tiempo Perdido 0055

Aún recuerdo el misterio, la sensación de incertidumbre, la curiosidad. Debía tener yo cinco o seis años, poco más. No estaba solo, íbamos en pandilla, como en casi todas las cosas que se hacían en los pueblos por aquella época. Yo era de los pequeños, y no sé si los más mayores tendrían diez, o doce años. Todos vivíamos en el mismo portal, íbamos la mismo colegio, jugábamos juntos a las mismas cosas. Éramos una pandilla como las de "Cuenta Conmigo", o "Los Goonies", o cualquiera de esas pelis ochenteras que ahora quedan ya lejanas pero que, en aquel momento, eran reflejo de mi infantil vida cotidiana.

Aún recuerdo la oscuridad tras la cortina de la puerta de entrada. Y aún recuerdo el olor de las palomitas recién hechas, pese a ser un cine pequeño, y de pueblo, uno de esos cines que sólo funcionaban entre semana, porque llegado el fin de semana se retiraban las butacas y se convertía en una sala de fiestas. Aquel día, el hijo del dueño que era uno de los nuestros, nos coló a toda la pandilla, a los diez o doce, porque ponían "una de aventuras", como se decía entonces. Nos sentamos, sin saber lo que nos esperaba, ni lo que íbamos a ver, ni nada. De pronto, de un agujero de la pared, surgió un haz luz. Una selva se materializó ante nosotros, y un tipo, con sombrero de ala y un látigo, buscaba tesoros en cuevas ocultas, escapaba de trampas inimaginables, y se partía la cara con unos tipos muy malencarados que, pasados los años, descubrí que eran Nazis, y todo lo que aquello significaba. Estuvimos allí, sentados, sin movernos, absortos, durante casi dos horas. Pirámides, serpientes, magia, héroes y villanos desfilaron frente a nosotros, haciendo que cada instante de aquella experiencia quedara grabada a fuego en mi memoria. Decidí que, si ser arqueólogo (o lo que fuera que aquello fuese) consistía en aquello, yo de mayor quería serlo. Decidí que, si alguna vez me perseguía algún malvado, le plantaría cara como hacía aquel tipo de nombre extraño. Decidí que, si alguna chica me gustaba, iría a por ella con chulería, gracia y decisión, como mi nuevo héroe.

La película acabó, y tan sólo una vez más volví a aquel cine, a ver una película muy mala de "El Llanero Solitario". Al poco tiempo, la sala de fiestas ardió, y, al reformarla, decidieron que ya no merecía la pena volver a montar en ella un cine. Al fin y al cabo, habían abierto un videoclub en el local de al lado, nadie lo echaría de menos. Con las llamas que acabaron con el cine "REX" (nombre ficticio, porque el real ya no lo recuerdo), ardieron los sueños, las risas y las lágrimas de todo un pueblo, de toda una generación. Pero en mí ya estaba inoculado el veneno del cine, de sus historias, de sus estrellas y sus maravillas. Nunca fui arqueólogo, después de todo. Nunca planté cara a un malvado de opereta, y las pocas veces que lo intenté me hicieron doblar el lomo. Nunca conquisté a la chica de la película, y ni siquiera sé si lo haré algún día. Pero, cuando siento nostalgia, cuando estoy triste, o simplemente, cuando quiero olvidarlo todo y pasar un buen rato, me acerco a un cine, compro una mágica entrada, y dejo que por mis ojos entren, y me posean, las vidas que me hubiera gustado haber vivido, los papeles que me hubiera gustado haber escrito, las estrellas de Hollywood que me hubiera gustado haber estrechado entre mis brazos, y los amores que me hubiera gustado haber vivido. Y durante esos instantes, durante esas más o menos dos horas, vuelvo de nuevo a ser aquel niño que veía a Indiana Jones escapar de todos los peligros que se le pusieran por delante...

domingo, 10 de julio de 2011

"Oso De Peluche" 0054

No hace mucho tiempo, me dijo una amiga que le caía bien, que era un tipo estupendo, que sería el novio perfecto, pero que no "le ponía". Me dijo que podría ser el tipo de hombre que todas las chicas desean, amable, atento, buen conversador, pero que no "le inspiraba" nada más allá de eso. Ya hace algo más, una amiga me dijo que era como un perfecto oso de peluche, de esos que te pegarías horas achuchando. Pero yo no soy un oso de peluche, ni quiero serlo. La gente confunde ser afable con ser gilipollas, y yo ya me aburro de esto. No me hace falta que me doren la píldora, ni que me besen al verme, ni quiero que nadie me abrace a lo idiota. No llevo corazones de tela bordados en mi piel, ni en mi ropa, ni llevo lazos de cuadros, ni tengo una cuerdecita en la espalda de la que tirar para que te diga "Quiéreme", "Abrázame", o lo que sea.

Ayer no te hablé. A drede. Si no quieres saber nada de mí cuando no estoy, no pretendas que te entretenga cuando apareces. Soy un oso de peluche porque me comporto como una persona, y eso, hoy día, no se lleva. Soy simpático y empático, y esa es mi perdición. Me ilusiono con las cosas, con la gente, con las situaciones, trazo historias en mi imaginación, y luego, punto por punto, mis ensoñaciones se desmoronan hasta no quedar nada a lo que agarrarse. Y luego me vienen con esas. "Eres un oso de peluche". Gigante. De casi metro noventa. Serviría como mascota de algún parque de atracciones, de esas con las que la gente se saca fotos con gesto sonriente sin saber si quien está adentro ríe o llora. Y ya ni me ofendo con esas cosas, que es lo peor. Ya me da igual. No me importa nada ya a estas alturas, nada va a cambiar ya, y pensar que sí lo vaya a hacer es de tontos. Oso de peluche, suave y cálido. Quizás no sea una mala comparación. Para lo que haga falta, ahí estoy yo. Raudo y veloz. Aunque luego nadie esté cuando me haga falta a mí. Te miro, sonrío y pienso que me amas, pero no me doy cuenta de que los osos de peluche no tienen cerebro ni corazón. Si acaso, plumas, o espuma o serrín, o cartón. O nada. "No te sientas mal, me caes bien, pero no me inspiras nada". Los osos de peluche estamos para que nos abraces cuando te sientas solo, para achucharnos mientras piensas en otros, para dejarnos sentados sobre la cama mientras disfrutas con la compañía de otras personas. Los osos de peluche no pensamos, ni sentimos, ni amamos. Sólo lloramos en silencio, en un rincón, sin lágrimas, para no pudrirnos, para no molestar a nadie, para no ser el centro de atención. Los osos de peluche no contamos para nada, pero cuando nos abrazas, al menos, damos calor.

Yo no quiero ser ya un oso de peluche. Ya no quiero serlo más. No quiero caer bien una vez que me conoces, no quiero ser tu mejor amigo, ni esa persona a la que le confías las penas que te atormentan cuando te da el bajón. No quiero ser esa persona, porque no lo soy. Lo que de verdad quiero ser es en quien piensas mientras le cuentas tu vida a los otros.Quiero ser ese. Ahora.

lunes, 27 de junio de 2011

"Miradas, Sonrisas, Ensoñaciones" 0053

Y sí, aquí estoy de nuevo. Parece que fue ayer, cuando creí que todo esto había acabado, que todo lo nuestro se había terminado. Que entre tú y yo no habría nada, ni jamás lo había habido. Creyendo que nada de lo que habíamos hablado era real, que todo habían sido elucubraciones absurdas, como suelen ser.

Pero no. Aquí estamos de nuevo. Otra vez nos encontramos por la calle y es como si el mundo se detuviera. Te miro, y me miras. Lo hacemos con descaro, sin disimulo ninguno, como queriendo hacer que el resto del Universo lo sepa ya todo antes de que suceda. Me miras, y te miro. Esbozamos una sonrisa, de esas que llevamos meses cruzándonos. Yo, a veces, cuando te veo en algún sitio inhabitual, ya hasta amago con pararme a hablar contigo, como si nos conociéramos de toda la vida.

Los segundos se convierten en minutos, y los minutos en horas. Veo tus ojos azules clavados en los míos, como invitándome a que por fin me decida y te hable. Pero eso no lo haré jamás, porque la ensoñación es demasiado potente, demasiado primordial, demasiado perfecta. No quiero conocerte, porque me he enamorado de tu esencia, y creo que no podrías jamás estar a la altura. Como me pasa a mí.

sábado, 21 de mayo de 2011

"Te Veo Y Me Dueles, Mi Vida" 0052

Aún recuerdo lo que fue lo nuestro. Yo era un cachorro en tus manos, pequeño, blandito, pendiente de la siguiente payasada que te hiciera sonreír, de la siguiente ocasión en que me prestaras algo de tu atención... Tú nunca me tomaste en serio. Siempre fui para ti una diversión, un "Scattergories" con el que pasar el rato, una nimiedad, una bagatela. Es lo malo de ser follamigos. Eso es lo peor. Cuando uno de los dos lo sabe y el otro no.

Dejé tantas cosas por complacerte, hice tantas otras que me desagradaban profundamente, aparté a un lado a tanta gente, esquivé a tantas otras que hubieran querido que estuviera a su lado, sólo por tenerte. No puedo decir que la cosa fuera sorpresiva, pues nada de lo que planeé contigo salió jamás como pretendí. Así fue durante casi un año. Casi. Casi hoy, o mañana. En realidad, hoy. Hoy hace un año comenzó todo lo bueno que lo malo ha tenido, que además duró poco y fue sólo a tu conveniencia. Hace un año a estas horas, aún no nos habíamos besado, aún contaba con algún amigo con el que ahora ya no cuento, aún creí que eras alguien interesante destinada a jugar un papel importante en mi vida, y aún, visto lo visto, me equivocaba. Este año ha sido un tira y afloja, en el que tú siempre tirabas y yo aflojaba, en el que he recibido plantones, excusas, falsas esperanzas por ti urdidas y mentiras. Demasiadas mentiras. Me has demostrado no tener sentimientos, ni palabra, ni nada tras tu fachada. Has sido capaz de mentirme a la cara y yo me he creído cada una de tus historias, quizá porque me convenía. Quizá porque yo soy de los que me empeño en que las cosas funcionarán si se les deja tiempo, aunque vea que se están rompiendo desde el principio. Quizá porque tú seas el último eslabón de la cadena de fracasos sentimentales que en mi vida han existido. Quizá porque soy un cabezota, o porque no quiero estar solo. Quizá porque me pareciste lo suficientemente interesante como para considerar pasar el resto de mi vida contigo. Me equivoqué nuevamente, eso es algo que se me da bien.


Desde que rompimos lo que entre tú y yo no había, he pasado tiempo sin verte, tiempo que creí que me serviría para olvidarte. Ahora, que de nuevo te tengo a mi lado a veces, las conversaciones banales surgen como entonces, vacías pero fluidas. Hacemos cosas que hacíamos antes de besarnos, cuando apenas nos conocíamos. Volvemos a lo que éramos años atrás, y no te diré que me encante, pero en el fondo, no me desagrada. Será que pienso que es la nueva oportunidad de andar por un camino que se bien dónde no me debería llevar, pero que sin quererlo yo, de nuevo lo hace. Te veo y me dueles, mi vida. Pero más me duele cuando veo que me dejas solo, y apenas me saludas cuando esa otra persona está presente, que es casi siempre. Te borré de mis redes sociales, borré tu teléfono de mi agenda. Para no darme a mí mismo la ocasión de aprovechar las malas oportunidades que mi debilidad a veces me brinda, en forma de llamada a horario intempestivo o mensaje inapropiado y llorón. Tenía tu teléfono guardado en la memoria de un viejo móvil que apenas uso, pero ya no. Lo he borrado, y espero que, hoy, que se cumple un año de aquella primera ocasión, sea capaz de resetear mi cerebro y, por fin, enterrarte siempre en el fondo de mi memoria, aunque no confío en que así sea. Maldigo aquel día, aquella cena, y el momento en que decidí acompañarte a casa. Te maldigo a ti, por darme vanas esperanzas de que lo nuestro tendría algún sentido. Y me maldigo a mí, por inocente...

domingo, 15 de mayo de 2011

"Realidades Alternativas Y Universos Paralelos" 0051

Siempre me ha seducido la idea de la existencia de los Universos Paralelos. Una sucesión infinita de Realidades Alternativas que, partiendo de un origen común, exploran todas y cada una de las posibles opciones que en la existencia puedan haberse dado. Universos Paralelos, en los que yo no existo, o quizás sí, o quizás exista sin ser yo, o siendo otra persona igual, o completamente diferente. Realidades Alternativas en las que igual yo ya te conozco, o te conoceré mañana, o un abismo nos separará para siempre. Imágenes de nuestra vida que serían como samplers de nuestra existencia, dejadas en las manos de Dios sabe quién, para que haga un remix alternativo, que puede ser similar, pero nunca lo mismo que lo que ahora vivimos.

Siempre me ha fascinado la cantidad de puertas que dejamos abiertas en nuestra existencia, el sinnúmero de ocasiones que no franqueamos el dintel de esas puertas, y las opciones que dejamos suspendidas en el tiempo. ¿Y si hubiera aparecido en aquella cita a ciegas? ¿Y si hubiera declinado aquella oferta de trabajo gris? ¿Y si te hubiera respondido que sí, en vez de negarme? Pero vayamos más allá... En las infinitas Realidades Alternativas el camino que hemos seguido o no nos puede llevar a infinitas soluciones: Puedo haber acertado la combinación ganadora del sorteo millonario, puedo ser una estrella del rock, un cineasta famoso, un científico que inventa la vacuna para el SIDA, el primer hombre que pisa Marte, el financiero que hizo quebrar todo el sistema económico mundial, el asesino en masa más grande de la Historia, el hombre que vendió el mundo al mejor postor, o aquel que nos llevó a la destrucción en una hecatombe nuclear. Puedo ser el héroe o el villano. O ambos. Puedo ser Superman, Clark Kent o Lex Luthor. O una mezcla de los tres. Puedo ser Hitler, y puedo ser Ghandi. Puedo ser un hombre, o una mujer. Puedo tenerte cerca, a ti, lector, o puede que no hayas oído de mi existencia jamás. Puedo ser un mendigo en una calle de Helsinki o un broker de éxito en Nueva York. Puedo tenerlo todo y estar sólo, o no tener nada y contar con amistades de verdad. Puede que muriera hace años, o ayer, o mañana. Puede que nadie de entre los que me rodean sea conocido, o tenga su correspondiente en mi realidad actual.

Siempre que pienso en Universos Paralelos, enloquezco. Son tantas las variables, tantas las combinaciones, que todo lo que mi cerebro pueda procesar me lleva de manera ineludible a una única solución: sólo el nacimiento y la muerte son comunes en todas, y ni siquiera eso, dado que en infinitos Universos Paralelos yo no existo. En infinitas Realidades Alternativas soy un triunfador, en un sinfín de Planos de Existencia soy un perdedor. En la mitad exacta estoy sólo, y en la otra mitad alguien duerme a mi lado. De esas, en la mitad soy infeliz, y en la otra mitad feliz. De esas, en la mitad me me aman, y en la mitad me engañan. De esas, en la mitad lo ignoro y en la mitad lo sé. De entre todas mis vidas no vividas, en una encuentro a mi mitad perfecta, y en otra me quedo sólo para siempre. De entre todas, en una gano el Premio Nobel de Literatura, en otras, las más ramplonas, escribo un blog...

jueves, 12 de mayo de 2011

"Terraza De Verano" 0050

Me siento siempre en la misma mesa de esta terraza de verano, soleada, cálida, acogedora. Té, café, un refresco, poco importa. Hoy, casualmente, café con hielo. Hay quien dice que el café con leche no se puede beber con hielo, pero me da igual, a mí me gusta. Solo, en esta terraza, paso las tardes viendo pasar la vida y la gente. Veo a gente que, como yo, ocupa sus puestos de observación casi a diario. Hojean la prensa y ojean al personal que, distraído, pasa por nuestro lado sin hacernos caso. A veces, veo a ese tipo tan raro, que siempre va como con un traje de los años 70, sin pretenderlo. Probablemente sea nuevo, no tiene mal aspecto, pero deja bien claro que el hábito no hace al monje. O a esa chica que trabaja en la tienda de fotos, en la que nunca he entrado por miedo a que me hable, sea simpática e inteligente, y me parezca aún más preciosa de lo que ya me parece, y que ya es mucho. En ocasiones, pasa gente mayor, en cuadrilla, y me hacen preguntarme cómo seré yo a su edad. Entonces, me descubro a mí mismo gruñendo, o mirando a los chavales más jóvenes con superioridad y me veo de mayor como un tipo malhumorado y gris, pero si leéis esto a menudo ya sabréis que me encanta el melodrama, y que probablemente nunca sea así...

Me siento siempre en la misma mesa de esta terraza, curioso, pensativo o hablador. Desde aquí se observan las terrazas de otras cafeterías en las que no me siento nunca, aunque no me preguntes por qué. Y veo que, en cada terraza, se da rienda suelta al mismo ritual. Gente que tiene ya su sitio cogido, sus puestos inamovibles, como si fueran los bancos de una iglesia. En una de las terrazas más cercanas te sientas a veces tú, con amigos, con amigas, o en soledad. Te observo, con la inocencia que creía haber perdido de niño, porque me gustas. Quiero captar cada movimiento, cada gesto de tu boca, de tus ojos, de tus manos. Manos finas, delicadas, como toda tú. Ojos vivaces y despiertos, a veces ocultos tras gafas de sol en el más brillante verano. Boca perfecta, dibujada de manera experta y perfectamente adornada con pintalabios rojo. Boca que no deja de sonreír ni un instante, contagiando a todo aquel que te rodea, incluido yo, que te admiro en la distancia.

Me siento siempre en la misma mesa de esta terraza, haya nubes, o brille el sol. Por estas tierras norteñas hay que aprovechar la oportunidad de sentir el aire fresco en tu cara cuando tienes ocasión. Me siento aquí con la idea, cada día, de invitarte a que te sientes en mi pequeño rincón del mundo, conmigo. Cada día lo planeo, cada día lo intento, cada día fracaso en esto. Pero aún así, estoy contento. Sé que cuando pase el otoño, cuando quede atrás el invierno, cuando el sol asome y la primavera deje que sintamos su aliento, volverá la terraza de verano, esa en la que siempre me siento, y con suerte oiré tu risa arrastrada por el viento...

miércoles, 11 de mayo de 2011

"4 Con 9" 049


Desde que tú no estás en mi vida, no sobrepaso la nota de 4 con 9. Es un suspenso leve, casi indoloro, de esos que si te preguntaran, dirías que es un aprobado. Desde que dejaste de hablarme, y te borré de mi agenda, de mi directorio, y de mis redes sociales, mis pensamientos no sobrepasan el 4 con 9. No son lentos, ni estúpidos, pero tampoco brillantes. Yo solía ser chispeante y distendido, pero ahora me he vuelto gris y anodino. Desde que decidiste no sonreírme, ni hablarme, ni mirarme, mis ganas de vivir apenas sobrepasan el 4 con 9. No es que quiera suicidarme, ni que vaya a dejar de estar atento en las intersecciones de tráfico, no van por ahí los tiros. Es, simplemente, que me apetece menos vivir plenamente mi vida desde que sé que no quieres formar parte de ella. Desde que no huelo el perfume que llevas, y que sabes que me enloquece, mis ganas de disfrutar de lo que me rodea llegan a duras penas al 4 con 9. No me importa que sea primavera, que sea verano, que haga bueno, que las flores abran sus colores y lancen sus aromas. Bueno, no sé si no me importa, sólo es que no le hago gran caso ahora.


Nada de lo que planeo llega jamás más allá del 4 con 9. Ni cenas, ni aniversarios, ni fiestas. Nada. Nunca aprueban, o si lo hacen lo hacen sin querer, pesadamente, como arrastrándose. Nunca triunfo. Mi trabajo, mi día a día, nunca supera el 4 con 9. Y no es que no lo intente, es simplemente que no da para más...

viernes, 15 de abril de 2011

"Cosas Que Me Dicen" 048

Mi vida a veces es como un carrusel de cosas que escapan a mi control. Últimamente empiezo a dudar si el raro soy yo o si me rodeo de gente perfectamente prescindible. Mi psicólogo está francamente encantado con la fauna que me rodea, y no es para menos. Estamos en un momento en el que no ser un perfecto hijo de puta te convierte en un peligroso "antisistema" que ha de ser machacado sin piedad, no sea que cunda el ejemplo. Tengo amigos (pocos), conocidos (bastantes) y allegados (sin duda demasiados) que, con su comportamiento, no hacen nada más que demostrarme que la normalidad hasta ahora entendida como tal es un bien cada vez más preciado por escaso.

Hace pocos días, una conversación trivial, de esas que uno puede tener con cualquiera, una conocida me dijo que me veía algo bajo de moral, meditabundo, apagado. Le comenté que, en realidad, no me encontraba muy bien, aunque no me había dado cuenta hasta ese instante. "No sé", dije. "Últimamente nada sale como planeo... No consigo que mi vida discurra por los cauces que me gustaría. No me malinterpretes, no es que quiera ser millonario, ni una superestrella del rock o el cine, no. No es eso. Sólo busco una existencia enriquecedora, un trabajo que me haga crecer como persona, encontrar a alguien interesante con quien compartir la vida, tener un puñado de buenos amigos, vamos, nada especial, ¿no? Lo que quiere todo el mundo..."


Aquella joven, a la que apenas conocía de haber cruzado algunas palabras en el trabajo, y de un par de celebraciones sociales, dado que compartíamos alguna amistad común, me miró, sonrió, y sin dejar de mostrarme su abierta sonrisa, me respondió: "No es poca cosa la que pides, amigo. Mi experiencia en la vida, que tampoco es que sea como para escribir una enciclopedia, me ha demostrado que es más sencillo ser multimillonario, o una estrella musical, o de cine, que alcanzar una vida plena. Para ser multimillonario, bastaría con que fueras el único acertante de la Loto. Para ser una superestrella, te haría falta tener talento, suerte y estar en el sitio perfecto en el momento adecuado. Pero, para eso otro que pides, tendrías que acertar la combinación ganadora, tener talento, suerte, oportunidad y trabajártelo. Y ni aún así tendrías seguro el conseguirlo, porque hay factores que escaparían a tu control, demasiadas variables. Si quieres conseguir algo que se parezca siquiera sea mínimamente a la felicidad, has de hacer cosas que te acerquen a ti a conseguirla. No cosas que te acerquen a hacer conseguir la de los demás. Esa historia de que si contribuyes a la felicidad ajena te ves recompensado con la propia por el karma es una fantasía new-age. Sé feliz tú, y que los demás, si así les parece, se contagien de ti, y no tú del resto."


Dejé la conversación, apesadumbrado. Aquella mujer tenía razón. No podía seguir así. Se lo comenté a mi psicólogo, y él me dijo que, dentro de lo razonable, ese consejo escondía una gran sabiduría. Debía ser más egoísta, pero no como aquel que quiere todo para sí, sino como aquel que se considera a sí mismo lo suficientemente importante como para gozar de sus propias atenciones. Decidí que esa era una buena idea, y decidí que, a partir de entonces, dedicaría mis esfuerzos a conocerme a mí mismo, me centraría en mí, y procuraría dejar una rendija para los demás, pero sería una rendija estrecha, por la que sólo pasaría la gente que me aportara algo positivo, y por donde nunca, nunca, jamás, dejaría pasar a la gente sin sentimientos, a los vampiros emocionales ni a la gente que quisiera utilizarme en su propio provecho...


Y en eso estoy, aunque de momento no puedo decir que esté triunfando, la verdad. Pero le pongo empeño.

sábado, 9 de abril de 2011

"El Recorrido" 047

Hoy ha hecho un año de tu partida. Un año de camino recorrido desde que nos dijimos adiós. Un año. Sin rencores, ni simpatías. Sin nada. Te fuiste sin decirme nada agradable. Te fuiste, y un día que nos encontramos me miraste como a un extraño. Soy de los que necesitan explicaciones para todo, de los que racionalizan las emociones, de los que no pueden dar un capítulo por cerrado sin saber quién es el malo o por qué ha sucedido lo que sea que haya pasado. Tú me dejaste, así, sin más. Ni siquiera llegamos a celebrar tu cumpleaños en aquel sitio que dijiste...

No debimos besarnos aquella tarde tan soleada, en la que nos encontramos con todo el mundo, y todos nos miraban como si fuéramos la pareja perfecta. No debimos dejarnos acercar tanto el uno al otro, pues lo nuestro iba a haber sido una relación problemática desde el principio, si bien ten por seguro que me hubiera dejado cortar el cuello por ti desde el primer momento en que te eché la vista encima. Nada de lo que planeamos llegó jamás a realizarse, y hoy por hoy, sólo recuerdo el suave tacto de tu mano en mi mano, el dulce sabor de tu rouge de labios mezclado con el del tabaco rubio, y lo sedoso del tacto te tu cabello, negro como el azabache. El día que decidí no amarte hacía ya mucho que te habías marchado, y las lágrimas que derramé ya se habían evaporado, pero las cicatrices del alma y del corazón aún estaban frescas. Aún hoy, como cuando una lesión ósea crónica da molestias los días que anuncian tormenta, cada vez que se acerca el aniversario de todo lo que pudo ser pero no fue, de las heridas de mi maltrecho músculo cardíaco brotan lágrimas de sangre, llorando la pérdida irreparable de algo que quizá nunca debí haber encontrado. Hoy miro por la ventana, y al calor del sol primaveral, recuerdo tu voz, y las cosas tan profundas que me decías, y las verdades y las mentiras ya no me parecen ni tan verdaderas ni tan falsas.

Siempre que miro a la estantería, y veo el hueco del libro que te regalé, y que me resisto a rellenar con otro por temor a olvidarte, me embarga la melancolía, y la luz, el aire y el tiempo se detienen, me abrazan, y me transportan al mejor de aquellos días, el que nos besamos por primera vez, aquel en el que bajé la guardia, aquel en el que aún podía decirte que hacía años que no me partían el alma y el corazón, como tú hiciste... 

Esta noche, guardaré un recuerdo especial sobre ti, para tratar de olvidarte brindando a medianoche por ser capaz de olvidarte del todo pronto.

lunes, 4 de abril de 2011

"Carta De Despedida De Un Futuro Amor Desconocido" 046

"Aún te recuerdo, allí sentada, bañada por el sol, en la terraza. Aún puedo oler el aroma del champú que usabas, que desprendía aquella inimitable fragancia. Aún hace que mi vello se erice el recuerdo del candor con que te sonrojabas cuando te decía "Guapa". En mi memoria quedará instalado para siempre el escalofrío que recorría todo mi cuerpo cuando nos besábamos, furtivamente, en las primeras citas. La forma en que reías suena en mis añorados recuerdos como música celestial, banda sonora de toda una vida juntos. Tu sedoso cabello se perdía entre mis dedos cuando hacíamos el amor, y el roce de tu piel contra la mía hacía que el resto de mis sentidos desaparecieran para concentrarse tan sólo en ese tacto maravilloso. Tu voz celestial conseguía que abandonara cualquier cosa que estuviera haciendo, sólo para concentrarme en escucharte. Nada de lo que pasara entre nosotros quedaría tan sólo en el recuerdo, nada sería igual a lo que le sucediera al resto. Todo entre nosotros sería perfecto. Esas promesas se las llevó el viento. Fugaces historias al calor del fuego. Cometas radiantes, dolor y anhelo. Aún recuerdo mi vida soñada, mi creación utópica. Aún me pierdo en los laberintos de mi realidad, que es mi derrota. Aún te miro a los ojos, y lloro de emoción. Aún recuerdo mi vida y se me parte el corazón. Hoy es triste y vacía sin ti, sin tu pasión. Escribo renglones vacíos de contenido, pues era tu presencia la que les daba sentido. Aún te recuerdo allí, sonriendo en tu portal, esperando a que llegara a recogerte, como cada tarde. No puedo olvidar los momentos en que nos despedíamos, sin ganas, cuando éramos críos. Llevo grabado a fuego en mi alma cada instante que nos quisimos, y aquí, amor mío, en mi corazón, sabes que siempre tu lugar has tenido. Te echo de menos aún sin haberte conocido, y anhelo el instante en que los hados o el sino decidan por fin cruzar nuestros destinos..."

domingo, 20 de marzo de 2011

"Super Mario Bros" 0045

Es una historia de buenos y malos, de lucha de clases, es un entretenimiento, y es historia. Es "Super Mario Bros.", o cómo dentro de un juego para críos (en su origen), puedes encontrar elementos de tu vida. O no. No soy fontanero, casi  nunca llevo bigote, y lo de la gorra es cuestión de la climatología imperante. Como de todas formas mido más de palmo y medio, las comparaciones son bastante odiosas. Ni tengo una Princesa Peach de la que ocuparme, ni me la ha secuestrado un bicho horrible, llamado Bowser, y mucho menos un gorila gigante que me lance barriles. No voy por la calle comiendo setas alucinógenas, ni me crezco por ello. No pisaría una tortuga aunque me dieran dinero, ni recorrería el mundo rompiendo ladrillos a puñetazos, eso no va conmigo. No es a todo esto lo que me refería. Es más al tema videojuegos.

Cuando era chaval, me pasaba algunos videojuegos con los ojos cerrados, y el "Super Mario  Bros" fue uno de ellos. Me sentaba frente al televisor, enganchado a la pobrecica NES de la época, y horas de diversión. Ladrillos, setas, salto para aquí, salto para allá, y venga, a disfrutar. Yo era Super Mario. No me suponía esfuerzo alguno, como pasa cuando eres niño. Cuando eres niño, casi sin esfuerzo, haces de otro niño al que no conoces tu mejor amigo de por vida en minutos. Cuando eres niño, sin utilizar más que un poco de encanto, tienes novia, y muestras tus sentimientos sin ningún tipo de subterfugio, mostrando una emoción pura. Cuando eres niño, lo que hoy te parece difícil es fácil, e incluso divertido.

Hace unas semanas, en Facebook, encontré un emulador de aquel "Super Mario Bros." en Flash. Me pareció genial, porque hacía mil años que no jugaba, ya casi se me había olvidado lo mucho que me divertía este juego. Así que, con la ilusión de un niño, comencé a jugar. Ahora ya supero la treintena, y di por sentado que, en cuestión de minutos, dominaría la situación. Pero no. Ya no. Me pegué horas, desesperado, y no conseguí superar la mitad del juego. Al final, ante la posibilidad de que mi ordenador sufriera mi ira, lo quité. Yo ya no soy Super Mario. Ya no me salen los trucos, ni me crezco ante las adversidades. Ya no me resulta fácil, ni mucho menos divertido. No soy ya un niño, y se nota en todo. Ni me ilusiono como antes, ni todo me parece sorprendente, ni tengo ganas de descubrir un mundo nuevo a mi alrededor. No soy capaz de hacer amigos en minutos, y los que tengo a veces albergo serias dudas de que sean para siempre. No tengo quien piense en mí y empiezo a ser demasiado egoísta como para pensar yo en alguien. Quiero creer que si Bowser raptara a mi Princesa Peach, recorrería medio mundo para rescatarla, pero, a la hora de la verdad, ya no estoy tan seguro. Antes, cuando era un niño, todo resultaba sencillo y lógico. Ahora, de adulto, lo lógico nunca es sencillo.

jueves, 17 de marzo de 2011

"Adicciones" 044

Hola, me llamo Nombre Apellido Apellido, y soy adicto. Me ha costado mucho admitirlo, pero soy adicto, sí. A muchas, quizás a demasiadas cosas. Soy fumador. Fumo más de dos cajetillas diarias, aún y a pesar de la dichosa Ley anti-tabaco. Fumo tanto, o más, que antes. Fumo porque me gusta. Porque me hace sentir bien. Porque quiero. Y porque puedo. Me da igual morir. ¿O acaso si no fumara viviría para siempre? También bebo. Mucho. A diario. Bourbon, mayormente. Qué decir. Lo mío siempre ha sido un clásico. Bebo para olvidar. Bebo para que todo sea distinto. Bebo para ser mejor, aunque raras veces lo consigo. Bebo hasta caer inconsciente, y así, poco a poco, mis neuronas se resienten, mi inteligencia disminuye y mis recuerdos dolorosos se desvanecen. Así de fácil. ¿Drogas? Todas. O casi todas, aunque ahora mismo,  no se me ocurre una sustancia que no haya recorrido mi cuerpo. Las drogas son evasión, son diversión, son vida. Se empeñan en vendernos la idea contraria. Las drogas no son malas. Sólo hay que saber usarlas. Simplemente, uno tiene que saber en qué se mete antes de hacerlo, ¿no? Cosas malas hay muchas, pero no todas se ilegalizan, o se prohiben, o se consideran perniciosas... Todas estas son adicciones terribles que denotan falta de carácter, de autoestima, de amor propio, lo que quieras. Pero no son las únicas. Soy adicto al porno, a las redes sociales, a los programas del corazón y a los informativos. Soy adicto a mirar a las chics guapas a los ojos cuando pasan por mi lado, escudado en mis gafas oscuras. Soy cleptómano, ludópata, adicto al sexo extremo, a los intercambios de pareja, a todo lo que implique cualquier clase de vicio o perversión. Soy adicto a la autodestrucción, al dolor y a autolesionarme. Soy adicto a la equivocación, al error, a los amores sin futuro, al sexo salvaje y a la soledad. A la tristeza y a la melancolía. Soy adicto a la muerte, y no puedo remediarlo. Soy adicto al rechazo, a ser ignorado, soy adicto a las adicciones, soy adicto a las personas tóxicas, a los vampiros emocionales, a las personas dependientes, soy adicto a mí mismo. Soy adicto al deslumbramiento, a los dolores de cabeza, al ensayo y error, nunca sin error, pero siempre con ensayo. Soy adicto a darle vueltas a las cosas, a no saber el porqué de lo que me sucede, a meter la pata hasta el fondo, y a no saber cómo no hacer difíciles las cosas fáciles. Soy adicto a todo y especialista en nada. Cada cosa susceptible de engancharme lo hace, y pasa a engrosar mi lista de caídas al infierno. Soy adicto, sí. Y orgulloso de serlo. Estoy a punto de probar algo nuevo. Algo que sólo podré probar una vez. Se llama bala en el cerebro, y dicen que es de muerte...

martes, 1 de marzo de 2011

"No Te Debo Nada" 043

No te debo ya nada. Ni el nombre. No has estado nunca donde tenías que estar, no has sido ningún ejemplo a seguir. No me has dado un sólo recuerdo amable de mi infancia, mi adolescencia, mi juventud o mi madurez. Y ahora que yaces ahí, frío, e inerte, ni siento pena ni tristeza. Ni alegría, sinceramente. Me da igual. Sólo me libera. Todas mis crisis, todos mis problemas de adaptación, toda mi falta de sociabilidad y todo lo que ello ha conllevado ha sido gracias a ti. A tu consideración. A tu decoro. A tu alcoholismo. A tu cariño jamás proyectado hacia nadie que no fueras tú mismo. Pudiste ser alguien feliz, alguien pleno, pudiste llevar una existencia placentera y feliz, pero escogiste ser un hijoputa amargado, un imbécil resentido contra el mundo que disfrutaba haciendo a los demás maldecir el momento en que te habían conocido. Eras maestro en convertir momentos agradables que en cualquier otra familia hubieran sido de celebración y algarabía en malos sueños propios de una película de terror, cercenada toda posibilidad de disfrute en tu mente envenenada por el alcohol, la envidia y el resentimiento. Conseguiste no dejar ni una sola festividad del calendario, ni un sólo cumpleaños sin tu marca de enfados, borracheras, agresiones verbales y psicológicas, desde Acción de Gracias hasta Navidades.

No te debo nada, salvo los malos momentos y un par de taras físicas que llegaron a mí a través tuyo. Otros niños iban de pesca, o aprendían a navegar en el lago, o sabían cómo se llamaban los árboles, los pájaros o los peces porque su padre se lo había enseñado. Yo no fui jamás a pescar, otra persona me enseñó a manejar el catamarán en el lago, porque tú no tenías paciencia ni tiempo entre copa y copa, y los pájaros, los árboles y los peces eran cosas que jamás vi con buenos ojos. Nunca tuve un amigo porque me daba vergüenza que te conocieran, ni tuve pareja por miedo a tener una familia, pues creía que la familia era la tortura continua que tú nos enseñaste a mi madre y a mis hermanos. Recibí ayuda psicológica de adolescente, siempre a escondidas, sin que tú te enteraras. Hubiera sido tu gran victoria. Y eso no podía ser. Me marché pronto de tu lado, si no físicamente, sí al menos afectivamente. Para mí siempre fuiste un extraño. Nunca estabas para nada, y las pocas veces que dabas muestras de humanidad eran tan breves y extemporáneas como tus raros periodos de abstinencia. Al final, huí de tu lado, y los únicos remordimientos que tuve fueron los de verme obligado a dejar a mis seres queridos a tu lado. Pero tenía que ser así, o hubiera acabado en cualquier prisión estatal, esperando en el corredor de la muerte, feliz por haber por fin acabado contigo. Me marché, dejé todo atrás, y por ti no me arrepiento. Mi vida desde entonces fue a mejor, aunque el daño que habías hecho en mi mente y en mi alma no curó jamás por completo.

Pasaron así años, grises y abotargados, de ciudad en ciudad, de trabajo en trabajo, de problema en problema. Me enteré sin pretenderlo de que al final te todos te abandonaron, y acabaste, con la mente en blanco y solo, en manos de la beneficencia. Por ti me fui de mi casa, cambié de nombre e incluso de estado. Olvidé tu existencia en la medida de lo posible, hasta que un buen día alguien me encontró, y me dijo que habías muerto. Decidí hacer lo que tú no hubieras hecho. Dejarte marchar en paz, sin pena, rabia ni remordimiento. Organicé un funeral como tú te merecías. Hubo rosas, hubo cánticos y celebración. Me reencontré con la familia de la que por ti me había perdido y desarraigado. Lloré de rabia sobre tu ataúd abierto, y dejé que te enterraran, asegurándome de que tuvieras la tapa del ataúd bien claveteada, por si acaso despertabas. Púdrete en el infierno. En el infierno que nos hiciste vivir tú a todos los que un día te rodeamos...

jueves, 24 de febrero de 2011

"Jaque Mate" 042

Planear cosas es una de mis aficiones. Puedo planear un movimiento de ajedrez calculando las trescientas jugadas siguientes de mi adversario. O no. Quizás me las invente. Pero sé que, si muevo la torre y desprotejo a la reina, seguramente pierda la partida. Es curioso el ajedrez. Quizás el primer juego feminista del mundo. La reina es todopoderosa, mientras el rey es un calzonazos que sólo puede huir casilla a casilla. Curioso planteamiento, ¿no? Pero, si lo piensas, no muy alejado de la realidad...

Viene todo esto al caso, porque, de entre todos los planes que maquina mi cerebro, al final, sólo uno o dos se llevan a cabo en la realidad. Soy perezoso, y, a la menor señal de fracaso, abandono mis planteamientos, para centrarme en otras cosas. Con esto quiero decir que, si veo la más mínima posibilidad de equivocarme o de que algo no vaya a funcionar como el mecanismo de un reloj suizo, no se lleva a cabo y punto. No es derrotismo, es sentido práctico. Si algo tiene más posibilidades de salir mal que de salir bien, no merece la pena, por muy reconfortante que resultara su ejecución. A veces planeo cosas con maldad, y en esas ocasiones sí que me arriesgo. Esos riesgos se acentúan si pretendo hacer cosas a escondidas, esperando que otros no se enteren, por el mero placer de plantear mis jugadas de ajedrez, pero usando gente en vez de peones, alfiles, caballos o torres. Si planeo una jugada de ese estilo y me sale mal, asumo mi responsabilidad. He de decir, para mi descargo, que las veces que planeo cosas a mala hostia son tan escasas como poco efectivas. Quizás me pasa como a esos chavales que pretenden robar en un supermercado, pero no pueden porque les atenaza el miedo. Por eso, si quiero hacer algo que me importe de verdad,  procuro ir a las claras, o intentando implicar al menor número posible de personas. Creo que es una buena forma de hacer que las cosas funcionen.

Sin embargo, en mi último plan, no conté con que, si no todo depende de ti, la participación de otros implica serios inconvenientes, serias connotaciones que escapan a mi control. Como que, por ejemplo, lo que a mí me parece claro y cristalino, a otro le pueda parecer intrincado, rebuscado y dañino. Cuando no veo venir esas cosas, es, simple y llanamente porque no me he sentado a analizar todos los pros y los contras. Porque no he actuado con la malicia suficiente como para ver venir el problema. Un problema que, a lo mejor, para otros resulta evidente, pero que yo no he podido prever. Una persona que no debía estar en un sitio, diciendo algo que no debía estar diciendo a la persona que no debía, y todo vuela por los aires. Con lo fácil que hubiera resultado todo si hubiera actuado con maldad, en silencio y sin compartir cosas con nadie. Un movimiento rápido, una calculada mentira, y estaría allí, y eso sí que ya no tendría marcha atrás... Pero no. Dicen que la verdad os hará libres, pero eso es una mentira maquiavélica. Saber manejar los tiempos, los silencios y las verdades libera más que cualquier verdad bienintencionada. Toda mi vida ha sido así, y las bofetadas más gordas me las he llevado por ser sincero y dar la cara.

Seguramente, si alguien lee esto, acabará pensando que no se entera de nada, y que no sabe de qué estoy hablando. Es normal. Es la hora de repartir de nuevo las piezas, porque esta partida ya no tiene marcha atrás. Ahora he perdido al rey. Es un jaque mate perfecto...

sábado, 19 de febrero de 2011

"Esta Ya No Es Mi Parada" 0041

Hola, no se si me conoces. Creo que sí, que has sido consciente de mi existencia durante todo este tiempo, pero, hasta ayer, escogiste ignorarla. Soy el chico tímido que se sentaba cerca de ti en clase. Soy ese muchacho taciturno que te veía a veces en esa cafetería mientras estabas con tus amigas. Soy ese tipo lo suficientemente guapo como para resultar agradable, pero no lo suficiente como para que reparases en mi presencia. Soy el que te ha sujetado la puerta mil veces en el cine cuando salías. El que te ha dado los buenos días en el supermercado, ahí, en la sección de frutas y verduras. Soy quien se ocupó de ver que llegaras a casa sana y salva aquella noche que ibas de lado a lado de la acera a las tantas porque tu novio del instante prefirió seguir de fiesta con sus amigotes en vez de acompañarte. Soy quien sonríe cuando me cruzo contigo en la calle, y quien se queda sin voz cada vez que te ve e intenta cruzar una palabra susurrada en el pasillo de novela moderna de la Biblioteca.

Me pregunto muchas veces si sabes que existo, si en tu universo se refleja el mío, si en un momento dado alzarás tu mirada y me descubrirás cerca, más cerca de lo normal, tan cerca como para tocarte, y besarte, y susurrar mi nombre, y quién sabe, quizás decirme que estabas esperando que te dijera algo en cualquiera de las múltiples ocasiones que el destino ha querido ponernos en la misma secuencia espacio temporal, pero que, al ver que no lo hacía, te has decidido a hacerlo tú. Me cuestiono la justicia de una vida en la que gente que claramente debería estar junta se aleja porque uno de los dos no reúne fuerza, valor o confianza suficiente como para mirar a los ojos del otro y decirle: "Es a ti a quien quiero..."

He sabido desde siempre que tú y yo estamos predestinados. Creo que nací sabiéndolo. Por eso durante años me he puesto en tu campo de visión de manera deliberada, para ver si alguna vez conseguía  acertar a colocarme en tu punto de mira, pero siempre ha sido en vano. Hasta tal punto que, por fin, decidí abandonar la inútil empresa de conquistarte. Y me vino bien. Al poco tiempo, conocí a otra persona, otra muchacha que, como yo, había perseguido su estrella sin conseguir atraparla. Otra que, como yo, había decidido dejar de perseguir sueños que luego no están a la altura de las realidades, y que hacen daño. Nos conocimos en una librería, y todo cambió. Empezamos a salir y todo nos va perfecto. Y seguirá yendo así, aún a pesar de que ayer, en el autobús, ahora que tú estás sola y ya no te rondan tantos pretendientes como antes, te sentaste a mi lado y me dijiste que te sonaba mi cara. A pesar de que me dijiste que ibas a ir a esa cafetería en la que en tantas ocasiones te he observado furtivo. A pesar de que dejaste caer que te parecería buena idea que te acompañara. Todo hubiera sido perfecto meses antes, pero, ahora, tan sólo te puedo responder que lo siento, pero esta ya no es mi parada...