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domingo, 14 de noviembre de 2010

"Esto Es Porno (Como Cuando Caes Al Vacío II)" 0008

 Estás ahí, plantada, sin decir nada. Y no hace falta, tu mirada lo dice todo por ti... Quizás me precipité, quizás no supe verlo claro a tiempo... Claro como está ahora. El mundo a nuestro alrededor sigue su rumbo, su camino, su destino. Y tú y yo, congelados en una fracción de segundo... Una lágrima a punto de brotar de tus ojos refleja la luz de la bola de discoteca que pende sobre nosotros... Todo es cutre cuando no sacas nada de lo que esperabas. De fondo, alguna estúpida canción de algún estúpido grupo californiano que no ha visto jamás más allá de Venice Beach...

    Y sigues ahí, inmóvil, con esa mirada... No sé, quizás me equivoqué, o puede ser que dijera algo cierto... En el bullicio de la fiesta universitaria, entre montañas de tetra-briks de vino barato y contorneadas botellas de refesco de cola de dos litros (o más), mi declaración de amor fue tan inútil como siempre lo había sido. O lo habría sido... Tú me amas, lo sé, pero no es el momento, me dices. Nunca es el momento adecuado. Nunca acierto con los tempos en estas historias. O me precipito o me paro, o voy con retardo. El caso es no acertar nunca. Y ver de nuevo, repetida, una y otra vez, ésa mirada. Ésa, precisamente ésa...

    Tus ojos de Bambi reflejan mi imagen, y ojalá no lo hicieran, así no sabría qué es lo que ves cuando me dices que no. Y así no lo entendería, como lo entiendo ahora, aún sin entenderlo. Me siento desnudo entre una gran multitud, donde cientos de personas me miran y saben que he fracasado. No se ríen, pero lo saben, y si no lo hacen ahora, seguro que en breve lo harán... Mostrar sentimientos es lo que tiene... Te dejan con las vergüenzas al aire viviendo un momento de esos que sólo recuerdas en las pelis de miedo, o en tus pesadillas... Sí, como en esos sueños lúcidos, en los que eres plenamente consciente de que estás soñando, y, aún y así, no puedes evitar que suceda lo que sucede otras veces en que el sueño es más profundo... Me veo en tus ojos, y siento el miedo a perder, a morir, a caer... Es como cuando estás a punto de dormirte, pero no puedes evitarlo y das una última sacudida, intentando escapar de los brazos de Morfeo... Es, en fin, como cuando caes al vacío.

    Las sensaciones se abotargan si hay drogas y alcohol de por medio... Seguramente, mañana por la mañana no recordaré nada de lo que he visto, nada de lo que he oído, nada de lo que he hablado.

    Y si lo hago, fingiré que no, como siempre...

sábado, 13 de noviembre de 2010

"Vértigo (Como Cuando Caes Al Vacío)" 0007

Y, probablemente, no tenga que ver con nada de lo que me contaste, ni me influya en absoluto nada de lo que me dijiste. Es más que probable que lo olvide al instante, y que no haga caso de ello nunca más. Y no será porque no me parezca importante, que me lo parece, sino, simple y llanamente, porque yo soy de esa clase de tíos que olvidan las cosas sin más, aunque sean importantes.

Como aquella noche, en la que estábamos los dos tan borrachos, viendo los fuegos artificiales desde la ladera del Castillo, y tú susurraste que me amabas. Fingí que, entre las explosiones y las luces de colores, no te había escuchado, pero sí lo hice. Te quedaste en silencio unos segundos, como esperando mi respuesta, que nunca llegó, y no lo dijiste nunca más. Es curioso, pero, creo que, en aquel momento, también yo te amaba, pero tenía miedo de reconocerlo. Y lo olvidé. O como aquella otra tarde, lluviosa como nunca en esta ciudad, en que José, o Joaquín, o como quiera que se llamase aquel pseudo-novio que tuviste una temporada, me pidió, o más bien me ordenó, fíjate qué cosa, que te dejara en paz para siempre, que tú eras de  su propiedad,  y que no quería verme revoloteando a tu alrededor  durante el resto de nuestros días y yo, por supuesto, bajo aquella fría lluvia otoñal, no le hice ni puto caso. Y lo olvidé. O en aquella mañana de sábado en que mi hermano me despertó para decirme que alguien muy cercano había muerto en un accidente de tráfico, pero me dio igual, o eso le hice ver, y me di la vuelta en la cama y dormí durante horas para que se me pasara el melocotón de la noche de juerga anterior. Y lo olvidé. Ojalá no lo hubiera olvidado, y ojalá hubiera llorado entonces, o te hubiese respondido, o hubiera hecho caso a aquel pelele al que tanto quisiste durante unos meses, quizás así la vida de todos hubiera sido, no sé si mejor, pero sí, sin duda, diferente. Pero no lo hice, y la única razón que puedo aducir es que, en realidad, yo soy así…

Y, viene todo esto a cuento de aquella tarde, en aquella fiesta universitaria. Aquella tarde en que me convertí en lo que soy. Y no sé si fue por su culpa o por mi culpa, y la verdad es que, a estas alturas, nada ya importa, salvo el hecho de que no soy capaz de olvidarla. Estaba aquella chica, a la que ya apenas veo, de la que estuve completamente enamorado durante mucho tiempo, a pesar de ser, como era, novia, o lo que fuera, de un amigo, de un buen amigo. No sé cómo ni por qué, pero estábamos a solas, los dos, entre una vociferante multitud envuelta en una festiva orgía de alcohol. Nada de lo que hablé o habló fue merecedor de pasar a la posteridad, y, sinceramente, sólo recuerdo flashes de una fea realidad que el alcohol maquilló como si fuera una puta barata, muy barata. Me convertí en lo que soy al verme reflejado en sus ojos tras decirle que la amaba. Me convertí en quien soy tras ver la mezcla de pena y lástima que mi torpe declaración de amor  inspiraba en mi objeto de deseo.  Me convertí en mí al despertar del sueño del Príncipe Rana, al que nadie quiso besar para comprobar si realmente se convertía en algo, o no. Y quedó grabada en mi espina dorsal la sensación de vacío, dolor y abatimiento que sentí al verme desdibujado en las pupilas de quien, en el fondo, no sentía nada por mí, salvo pena, a pesar de sus dulces palabras. Meses después de aquella noche, en unos Carnavales salvajes, tras un intercambio furtivo de miradas, nos hicimos el amor salvajemente en la trastienda de aquel restaurante que tú y yo frecuentábamos cuando éramos adolescentes. Me vi de nuevo en sus ojos, pero me encontré distinto, diferente. A ella ya no la amaba, así que, tras vaciarme en ella, la dejé allí, sola, confundida y arrepentida. Al volver con mis amigos me acerqué a su novio y le di sus bragas. Él me golpeó en la cara. Rompieron. Por mi culpa. O no. Y aunque esto sí que deseé olvidarlo, no lo hice, y la única razón que encuentro es que, en realidad, yo soy así…

Tú no lo supiste nunca, o eso creo, pero intenté liarme con casi todas tus amigas. Y lo conseguí con casi todas. Todas ellas se resistieron, sobre todo al principio, pero luego cayeron. Recuerdo especialmente a aquella chica con la que trabajaste una temporada, y que decía que buscaba a su Caballero Andante. Era tan ingenua que casi me dolió hacer lo que hice. Dudé, pero se me pasó enseguida. Apenas una hora después de conocernos ya tenía mi lengua en su garganta, y, en menos de lo que dura un partido de fútbol mis dedos se habían deslizado por su interior. Esa noche, de la que apenas si recuerdo gran cosa, ella y yo dimos el espectáculo en todos y cada uno de los bares por los que anduvimos perdidos, desorientados y excitados. No recuerdo su nombre, pero sí su aroma, lo delicado del tacto de su piel y la fiereza con la que se entregó a mí en aquel callejón por el que lo mismo no pasa nadie como te puedes encontrar a todo el mundo, según cuánto se alargue la fiesta…

O aquella otra, tan pavisosa, tan estirada, que me miraba como si fuese un leproso, pero que se deshizo en cuanto la miré fijamente a los ojos durante diez segundos. Ella, creo recordar, tenía nombre de deidad griega, pero no estoy seguro, y me enseñó que no debo fiarme de las apariencias, pues tras cada mosquita muerta se esconde un volcán ansioso por ser explorado. Aquella noche fue inolvidable, y aún hoy se me pone la piel de gallina al recordarlo cuando me cruzo con ella en algún garito, a pesar de que mira hacia otro lado y hace como si no me conociera. Ya…

Pero, la verdad, todo esto no va de eso, o, para ser más claro, todo esto no va exactamente de eso, porque, aunque mi vida, sin duda, ha sido rica en experiencias, nada de lo que hayas hecho o dicho variará el camino que recorro, nada de lo que experimentes me hará cambiar de vía, en fin, nada de lo que pretendas enseñarme valdrá al final para nada, lo sabes y lo sé.

Esto va de esas noches en que nos reunimos, esperando desfasar, y, sin embargo, nada sucede. De esos días en que crees que nada va a pasar y se destruye el mundo. De esos instantes en que crees que ya lo has vivido todo pero algo te sorprende, para bien o para mal. Esto va de esa chica que te mira en el otro extremo del bar, y que no sabes si te mira porque le atraes o porque ya le estabas mirando tú primero. Esto va de esas noches alcohólicas en que todo te parece que encaja como la maquinaria de un reloj suizo, y de aquellas otras en que metes la pata hasta el fondo, de tal forma y manera que difícilmente hubieras podido hacerlo si lo hubieras hecho adrede. Hablo de esas noches en que vuelves a tu casa, solo, y lloras por lo desgraciado y vacío que te sientes, con el desconsuelo del que sabe que eso en particular nunca cambiará. De esas madrugadas en camas ajenas. De momentos nebulosos en que te levantas junto a alguien a quien has pagado en mitad de una borrachera. Sí, de uno de esos momentos de absoluta autodestrucción. Esto va de cuando aprietas los puños, y decides que ése, precisamente ése, es el crepúsculo de tu antigua vida, porque ya no puedes caer más bajo, y decides cambiar. Esto va, en fin, de la vida.

De la vida, sí. De esa vida inmunda que desperdicias con amigos, o lo que sea, que se dedican a apuñalarte por la espalda mientras, a la cara, te conquistan con ladinas sonrisas. De esa vida que se apaga lentamente, al lado de un cónyuge al que no conociste lo suficientemente pronto como para decidir no atarte a él para siempre. De esa vida en la que eres un Don Nadie, un tipo sombrío y sin futuro que espera que suceda algo o que aparezca alguien que le saque de la agonía. O de esa vida gris, vivida entre hormigón y acero, quemada en noches sin freno en locales con luces fosforescentes, con chicas que se dejan manosear por todos y por nadie, con drogas, alcohol, sexo y diversiones prohibidas. Sí, esa es la vida que aparentemente todos deseamos, pero que, cuando la alcanzamos, nos deja vacíos, yermos e inertes. De esa vida que quisimos y no pudimos vivir, de ese tránsito, de esa perversión, de esa mueca siniestra en el rostro del destino que todos, tú y yo incluidos, nos vemos obligados, o no, a vivir, y que sólo los hados saben dónde, cómo o cuándo acabará. Y por eso, amigo, te digo que, dado que la vida es efímera, hay que respirar profundo, follarse a esa tía, beberse esa copa o meterse esa raya, y dejar que, lo que sea que haya de venir, cuando quiera, pues eso, que venga.

Si nada de lo que me rodea me resulta especialmente excitante, si nada de lo que veo a diario me inspira, si nadie de alrededor hace que mi alma vibre, ¿qué he de hacer? Volverme humo, desaparecer entre la multitud, convertirme en todos y cada uno de los tipos que más he odiado en mi vida, para así, quizás, lograr pasar desapercibido.

viernes, 12 de noviembre de 2010

"El Grito (El Hombre De Hojalata II)" 0006

...y nada de lo que me puedas decir, nada de lo que me quieras explicar servirá de nada, porque, otra vez, he hecho el tonto, y otra vez me ha pasado lo de siempre, lo de todas las veces, pienso, pienso, pienso, planeo, y, para cuando actúo, ella ya está con otro, y no sé, quizás así sea mejor, porque había mil y un motivos para ni tan siquiera intentarlo, pero, claro, a toro pasado todo parece evidente, fácil y sencillo, y todas las señales me llevaban a una conclusión clara, la que al final ha sido, pero, por una vez, por una puta vez, algo de todo lo que ya había pasado en mi imaginación podía pasar en la puta realidad de mierda, esta realidad en la que no soy como soy de verdad, porque, para qué negarlo, tampoco me atrevo a ser todo lo nerd-cool que quisiera ser, me quedo siempre a medio camino en todo, ni soy escritor, ni soy guionista, ni soy cool, ni soy retro, sólo soy un puto impostor que hace ver que sabe de qué va la vida, que hace ver que sabe de tantas y tantas cosas cuando de casi todo desconoce algo, ignorante renacentista que de todo ignora algo, y, sin embargo, esta vez, como tantas otras, decido levantar cabeza, actuar como un hombre y comportarme como se supone que debe uno hacer, tiro mis creencias, me paso mis prejuicios y mis auto-impuestas normas por donde la espalda pierde su casto nombre, decido espabilar, y, al final, el resultado es el mismo de siempre, ¿por qué no puedo encontrar yo a alguien?, ¿quién usurpa mi presencia en el corazón en todas y cada una de las mujeres que en mi vida he amado y que (por supuesto) jamás me han correspondido?, ¿por qué todas las maniobras, todos los momentos espontáneos, todos los momentos minuciosamente planeados acaban siempre de igual manera?, ¿qué tipo de maldición me persigue que hará vagar mi alma, eternamente olvidada, eternamente no amada?, ¿quién ha decidido que todo esto debe ser así?, es algo superior a mí, y no, no es que todo acabe con un "no, es que te odio", o un "no, es que me das asco", no, eso sería aceptable, lo peor, lo puto peor, es que todas y cada una de las veces que han lacerado mi corazón, ha sido a cambio de dejarme bien claro que lo que valoran es mi amistad, mi puta amistad de mierda, lo cual es simple y llanamente falso, ni siquiera sinceridad en un momento cumbre, no merezco esto, lo sé, y sé que, las más de las veces, es por mi culpa, pero intento mejorar, de verdad lo intento, no bebo, sólo para no emborracharme y no hacer el idiota ni herir a nadie en sus sentimientos, me cuido, procuro vestir bien, tengo una conversación amena, rica, educada y atenta, incluso fuera de los temas frikies, joder, ¡qué coño pasa conmigo!, ¡qué coño pasa!, no hay forma de que la gente que me interesa me acepte, ¿ven en mí a un impostor, a un falso, a alguien de quien no se puede uno fiar?, ¿a alguien que no tiene sentimientos, en fin, a alguien sin corazón?, ¿ven en mí al hombre de hojalata?, quizás, no sé, y lo peor de todo es que jamás conseguiré mejorar, no soy capaz de procesar este tipo de cosas, fracaso, fracaso, fracaso, uno, dos tres, y así hasta cien, y no, no es que crea que esta va a ser la última vez que intente acercarme a alguien y me ponga una espada en el corazón, habrá más, seguro, habrá más veces en las que llore en mi cuarto por no saber de qué coño va todo, qué es lo que hago mal en qué es en lo que fallo, así, me sentaré sólo en un rincón, deliciosamente EMO, deliciosamente frágil pero distante, cogeré de nuevo mi portátil y volveré a escribir fuego y a escupir lava volcánica formada por ira, miedo, desencanto y frustración, pero, si te soy sincero, y aunque no me lo preguntes, te diré que, la próxima vez, no sufriré, y ahora lo sé, porque no tendré corazón para que nadie pueda romper, no, a partir de ahora, seré frío y calculador, no tendré sentimientos, y me convertiré, al fin, en el hombre de hojalata que tanto deseo ser, tal como era al principio de "El Mago De Oz", y sé que así no me harán daño, porque tan sólo habría una forma, y es si tuviera corazón, y no, ni siquiera eso me consuela...

"El Hombre De Hojalata" 0005

Poco tiempo después de su aventura por las tierras de Oz, el Hombre De Hojalata volvió a su hogar. Lejos ya de Dorothy, Espantapájaros, León y la mentira encontrada en la Ciudad Esmeralda al final del camino de baldosas amarillas. Ahora ya sabía qué era sentir amor, odio, envidia, pasión... en fin,  todas las emociones que nunca había podido experimentar cuando no tenía corazón... O cuando no sabía que lo tenía.

Desandando el embaldosado camino, llegó a la tierra donde había sido construido, un yermo territorio metálico en el que el único sonido audible era el chirriar de goznes metálicos de sus habitantes al moverse, y donde sólo se podían ver réplicas de sí mismo, con diferentes ornamentos, pero igual aspecto físico.

El Hombre De Hojalata, sabio tras su peripecia vital, aprendió en su viaje que las emociones están dentro de cada ser, y que nadie puede escapar a ellas. Durante años, había conseguido evitar las sensaciones, había mantenido ocultos los sentimientos, y los había escondido bajo su aspecto deslumbrante de chapa metálica, sus adornos cromados y su mirada impenetrable. Sin embargo, en aquellos instantes, decidió que, dado que vivir sin sentimientos ni emociones no le había reportado beneficio alguno, ahora que daba los primeros pasos de su nueva vida, iba a hacer que todos ellos le condujeran a encontrar a la persona que debía amar.

Así, el Hombre De Hojalata emprendió un nuevo camino, dejó de nuevo tras de sí la seguridad de su aldea robótica, y se adentró en las tierras que había más allá del arco iris, más allá del horizonte desplegado bajo el tercer sol de la mañana, en busca de un incierto amor, ávido de sensaciones, necesitado de encontrar quien lo completara, ansioso de ser amado y de amar. Llevaba varias jornadas caminadas cuando encontró, al fin, en una pradera de color púrpura, y junto a un pequeño bosque de sauces llorones, lo que su corazón ansiaba. Allí, cerca de una laguna, encontró a una Dama y vio, al fin, en su mirada, que quizá podría ser quien llenara de calor el corazón que ahora pedía a gritos ser reconfortado. El Hombre De Hojalata se quedó allí, junto a la laguna, pensativo, imaginando cuán maravillosa iba a ser la vida que le esperaba a partir de entonces, dibujando en su imaginación todos y cada uno de los maravillosos pasos que, a partir de ese momento, se iban a suceder. Planeando todos y cada uno de sus futuros movimientos para conseguir el amor de aquella hermosa Dama. Así estaba, inmóvil, pensando en los futuros placeres que le deparaba su existencia, sin darse cuenta de que, debido a la humedad que circundaba la laguna, y al tiempo precioso que estaba desperdiciando, la herrumbre y la maleza hacían presa en él, acabando con su brillante armadura, con los cromados que la adornaban y cegando su mirada impenetrable. Inexorablemente, pasaron noches y días, estaciones y años, y el Hombre De Hojalata, cada vez más encantado de haberse conocido, trazaba, paso a paso su propio plan maestro sobre cómo conquistar a su Dama, sobre qué pasaría y qué no, en fin, sobre toda su vida.

Cuando, al fin, decidió que era hora de pasar a la acción, intentó moverse, haciendo un esfuerzo sobrehumano, pero todo fue en vano. Inmóvil, observó a su Dama, y, por un instante, creyó estar viviendo ya su futura vida junto a ella. Sin embargo, al prestar algo más de atención, al conseguir enfocar su mirada, al observar de cerca, las lágrimas brotaron de su alma, deshaciendo el encanto, al ver que esa vida, su vida soñada, su existencia anhelada, su amor, era vivido por otro ser diferente, un Hombre De Mimbre, que entregó su corazón y sus sentimientos a la Dama cuando la conoció, mientras él, un simple Hombre De Hojalata, criaba óxido y vegetación junto a la laguna. No habría ya vida futura, ni existencia amorosa, ni ninguno de los dulces sueños que su corazón había dibujado para su propio solaz, o, al menos, no junto a su Dama.

"Lo más triste de todo", se dijo a sí mismo el Hombre De Hojalata, "es que, quizás si me hubiese acercado y le hubiera explicado a la Dama cuán preciosa vida nos esperaba, cuán excitante experiencia vital íbamos a compartir, seguramente no hubiese habido lugar a la llegada de ningún otro Hombre, fuese de mimbre, hojalata o cartón".

Y, de este modo, y dejándolo atrás, su Dama y el Hombre De Mimbre se perdieron en la lejanía contentos en su plácida existencia, perdiendo de vista la laguna, el bosque de sauces llorones, la pradera de color púrpura y todo lo que significaban. Y allí, atrapado entre enredaderas y despojado de su antiguo brillo, quedó el Hombre De Hojalata, aquel que, de puro frenesí, vivió en su fantasía mientras la vida le anclaba en la dura realidad. Entonces, sólo y, entre lágrimas, pidió al cielo, con todas sus fuerzas, volver a su antiguo ser, no tener corazón de nuevo, porque así, impasible al sufrimiento, su vida de Hombre De Hojalata era más llevadera, menos dificultosa, y, sin duda, más apacible. Porque, la vida era más sencilla cuando el Hombre De Hojalata no tenía corazón... O cuando no sabía que lo tenía.

jueves, 11 de noviembre de 2010

"Una Noche Cualquiera (Fran Rivera)" 0004

Te planté en el “Close”. Sólo por no escucharte. Y, ya por aquel entonces, había decidido dejarte por otra con más clase… Y no es que tú no la tuvieras. En honor a la verdad, me enamoré de ti porque, aquella tarde, me recordaste a Audrey en “Desayuno Con Diamantes”.  Pero fue sólo aquella tarde. Después nada estuvo a la altura, y no podré decir jamás que la culpa fuera exclusivamente tuya. Así que, aquella noche, te dejé tirada. No fue la primera vez, pero, a la postre, sí que sería la última. Cuando, horas después, me encontraste en aquel otro bar en brazos de aquella chica con flequillo que me recordaba, en cierto modo, a Lauren Bacall, decidiste que lo nuestro había terminado. Y, ¿qué quieres que te diga? No me dolió, a decir verdad, sólo fue la respuesta lógica a lo que yo hago siempre. Procuro que me dejen, porque las rupturas me dan tanta pereza… A los pocos días, todas tus amigas habían dejado de hablarme, aunque, poco después, algunas de ellas se colaron en mi cama. Ya sabes lo que dicen, para follar no hace falta hablar, ¿verdad? A la vez, miles de historias falsas sobre mí empezaron a circular por todos los rincones de Burgos, historias en las que yo no quedaba en muy buen lugar, pero que, a pesar de todo, no hicieron sino incrementar mi morbosa popularidad entre las mujeres más desequilibradas. Ya lo dicen los publicistas: “La mala publicidad no existe”. Todas esas historias salieron de ti, y casi te lo agradezco. Pasé meses sin verte, sin saber nada de ti, y no te eché de menos ni por un instante.

Así que, aquella noche, cuando de nuevo nos encontramos por Las Llanas, casi dos años después, dudé si saludarte o no. Pero, cuando me di cuenta de que hacías denodados esfuerzos por hacer ver que no me habías visto, decidí que debía saludarte. Llevabas el pelo diferente, y te habías puesto unas gafas que te hacían parecer una intelectual pseudo-feminista de los años sesenta. Tartamudeaste al responderme y te apartaste cuando quise darte dos besos. Yo sonreí, te presenté a mi última conquista-objeto e hice un muy grosero comentario sobre tu falta de habilidad sexual en el pasado. Intentaste abofetearme, pero me zafé de ti con la habilidad de un galán de cine de los años cuarenta, sonrisa torcida y mirada de desprecio incluida. Más tarde, ya en mi casa, follé con mi acompañante florero, imaginando que eras tú la que abría sus piernas ante mí en su lugar…

Al cabo de unas semanas, me enteré de que estabas saliendo, en serio, con aquel idiota que había coincidido conmigo  en aquel curso en que decidí abandonar la carrera, y que era algo así como una mala imitación de Fran Rivera, y que siempre sonreía aunque no supiera de qué coño le estabas hablando. Y, como no le podía soportar, decidí que debías ser mía de nuevo, pero, más aún, que él debía enterarse. Así, el siguiente fin de semana, me dediqué a buscarte por todos esos garitos por los que ibas, con esas amigas tuyas tan poppies, tan modernas, tan pagadas de sí mismas, tan palurdamente trasplantadas de los viveros de modernidad capitalinos en los que vivían durante el curso universitario, tan en plan: “Oye, vivo fuera, sé lo que es la vida porque la he visto, y necesito que me mires, que me admires, que sepas que soy lo más que vas a ver y quizás probar en esta rancia capital castellana”, te busqué en todos esos sitios, hasta que te encontré en la Calle San Juan, en el garito pop-porrero  por excelencia, el “Ram-Jam”. Allí estabas, tan tranquila y sonriente, con el flequillo derramándose sobre tus ojos verdes, vestida de negro, fumando un cigarrillo extra-largo, haciendo ver que, probablemente, eras lo mas ‘cool’ que hubiera pasado por allí jamás, lo más británico desde el advenimiento de los Beatles... Oh, y no estabas sola.  Allí estaban, también, al menos dos de las más fogosas amigas tuyas, de esas que habían conseguido sonrojarme por lo procaz de sus insinuaciones en la cama apenas semanas después de que tú y yo lo hubiéramos dejado. Y que habían repetido en más de una ocasión, si te soy sincero. También estaba tu Fran Rivera, que respondió a mi saludo con una de esas estúpidas sonrisas que tanto acostumbraba.  Esta vez no me rehuiste los dos besos al saludarte, pero apartaste el brazo cuando, suavemente, te cogí la mano, como sin querer, pero queriendo, qué te voy a contar. Me pegué a vosotros, con la peregrina excusa de que había quedado allí con alguien, y, mientras tus amigas se clavaban las uñas para ver cuál de las dos acabaría conmigo en la cama esa noche, y a pesar de que sopesé seriamente que fueran, fácilmente, las dos a la vez, recordé mi propósito inicial, y decidí de nuevo que tú serías mi víctima.

Fui condenadamente cordial, risueño y dicharachero, y, tras fingir una llamada al móvil con la que me daban plantón, puse ojos de cachorro y conseguí que Fran me pidiera que me quedara con vosotros, idiota, a pesar de que tú hacías un más que claro gesto de disgusto ante tal idea. Recorrimos todos los bares más de moda, y en todos ellos saludé a camareros, porteros, pinchas y dueños, haciendo ver, como en realidad así era, que soy un claro y conocido animal nocturno, haciéndote ver a ti que soy alguien que merece la pena, como en realidad así soy. En todos y cada uno de los bares en que estuvimos intenté meterte mano, primero casi como por casualidad, luego abiertamente. Y, aunque al principio esquivabas mi contacto con maestría de bailarina, según avanzaba la noche, y el alcohol corría, tu resistencia era más liviana, hasta el punto de que, en el “Close”, donde una vez acabó todo lo nuestro, te estuve tocando el culo, y más,  todo el rato delante de tu novio Fran, o lo que fuera, escudado en la multitud. Y, sinceramente, no sé lo que pensaría él al saber que, cuando se marchó al baño, te mordí la boca delante de tus calientes amigas, que no cabían en sí de asombro.  O al darse cuenta de que, al salir él del baño, ni tú ni yo estábamos ya esperándolo. O, cuando, a la mañana siguiente, le mandé a él al móvil el vídeo que grabé mientras te follaba en mi cama de todas las formas imaginables y me pedías más y más. Cuando me cansé, te sugerí, te ordené, que te fueras a tu casa, o a buscar a Fran, o a donde te apeteciera, que no fuese mi piso. Me montaste una escenita, y te eché, a medio vestir.  Tras aquello, no creo que tuvieras ganas de verme de nuevo, y seguro que Fran menos. Yo tampoco quería verte a ti, ni después ni antes. Sólo hice lo que hice por divertirme, como hago una noche cualquiera…

miércoles, 10 de noviembre de 2010

"Asesino En Serio" 0003

Ésa era la primera noche que había dormido de un tirón en meses. Ésa era lo primera noche que no había tenido pesadillas en meses. Ésa era la primera noche que no había meditado en silencio sobre la, cada vez más persistente y tenaz, idea de suicidarme en meses. Y todo porque, al final, me dejé llevar. Me saqué a mí mismo del corsé que me aprisionaba, que no me dejaba ser quien soy en realidad. Ésa era la primera noche que mataba a alguien en meses.

Y, a diferencia de las veces anteriores, aún no me acechaban los remordimientos, ni el complejo de culpa, ni nada por el estilo. Estaba completamente relajado, en una especie de nirvana cósmico. Era, sin duda, la sensación más placentera de calma absoluta que había experimentado en mi vida. Como un orgasmo de tranquilidad. Nadie me había visto. Nadie podría relacionarme con la víctima. Nadie pensaría jamás que yo era capaz de hacer lo que hago. Nadie. Como las otras veces. Como todas las otras veces. Como absolutamente todas las otras veces en que había asesinado a alguien por el mero placer de hacerlo. Nunca nadie había sospechado jamás de mí. ¿Cómo podrían hacerlo? ¿Cómo?

Muchos días, al despertarme, en ese momento en que aún tienes la boca pastosa y tu cabeza no rige aún a pleno rendimiento, habría querido acabar con todo. Hubiese hecho casi cualquier cosa por detener todo, en momentos como esos. Instantes fugaces en los que mi conciencia primaria tomaba el mando de mis actos. Frente al espejo, en más de una ocasión, he deslizado por mis muñecas, juguetonas, las cuchillas que utilizo diariamente para afeitarme. Una muerte fácil, dicen. Placentera, dicen. Casi indolora, dicen. Me hubiera tendido cándidamente en la bañera, con agua tibia, y me hubiese abandonado al cálido, dulce, letal y reparador sopor. O, quizás, hubiese saltado por la ventana de mi apartamento. Diez plantas abajo. Nueve, ocho, siete… El viento hubiese despeinado mi cabello… Seis, cinco, cuatro… Un inevitable grito saldría del fondo de mi garganta, del fondo de mi ser… Tres, dos, uno… Últimos instantes de vida… Suelo... Y adiós, hasta otra. O hubiese ingerido un cóctel mortal de medicamentos, drogas y alcohol. Sí, una muerte de estrella del rock’n’roll, o de actor maldito de otra época de Hollywood, de esos tiempos en que se permitían, y se jaleaban,  los excesos, la promiscuidad, la vida llevada al límite. No como ahora, que todos son hipócritas y asépticos... Pensé en tirarme al encuentro de un convoy del metro, lanzarme frente a un autobús, dejarme caer frente a un camión de reparto, y miles de formas más de ser atropellado. Desfigurado. Irreconocible. ¿Anónimo? Pero todos esos pensamientos, esos planes, esas escapatorias metafísicas se me olvidaban enseguida, una vez despierto, una vez que observaba todo lo que me rodeaba… ¡Despierta, es una mañana maravillosa!

No es fácil esconderse. No es fácil huir. No es fácil pretender ser quien no se es, pero, con tiempo, paciencia y dedicación, se puede conseguir. Siendo como soy un monstruo imperturbable, me oculto, con mis atrocidades, a plena vista. Si la gente, hoy en día, se parara a mirar un poco a la gente que le rodea, me descubriría enseguida. Pero no. Cada uno va a su bola, a lo que va, no presta atención a las señales, a los comportamientos, al resto de la Humanidad. Hormigas trabajadoras que van y vienen. Colonias de zombis trabajadores que vienen y van. Enjambres de seres sin identidad propia que vagan por la Tierra como si fuera su casa, sin darse cuenta de que yo, y otros como yo, también habitamos en ella. Si me miraran a los ojos, sabrían quién soy, quién les vigila, quién es el que hace esas cosas que luego otras hormiguitas publican en sus periódicos… Pero no lo hacen. No me miran, por eso, a pesar de que estoy ahí siempre, no me ven. Ya no.

No huyo. No me escapo de nadie, porque nadie me persigue. No hay pasos que me acechen, no hay turba furiosa que desee acabar con mis andanzas, no hay venganza hacia mí, ni temor a ella en mi corazón. Nada de lo que me puedan hacer será peor que cualquiera de las cosas que yo he hecho ya antes. Y cuento con la ventaja de que el mundo civilizado jamás hará lo mismo que yo. No habrá ojo por ojo, no habrá diente por diente. Aún en el hipotético caso de que alguna vez reparen en mi existencia, y decidan castigarme por mis acciones, una vez expuestas mis miserias ante ellos, no podrán digerirlas, no podrán entenderlas, y creerán que estoy loco. Que soy un loco. Un simple loco. Un tarado. Me estudiarán, intentarán rehabilitarme, reinsertarme en su sociedad vacía e inculta. No tolerarán que un ser humano, un congénere, uno de los suyos, sea lo que yo soy. Buscarán indicios, historias pasadas, violencia o malos tratos, comportamientos degenerados en mi familia, lacras sociales a las que asirse, pero no las encontrarán, y, cada noche, cuando piensen en mí, tendrán miedo, porque sabrán que el hombre del saco, el sacamantecas, el monstruo del armario, en realidad, sí existe, y soy yo. Por eso no huyo. Por eso no huiré.

Ya no finjo, ni pretendo ser nadie aparte de quien sí soy. No hace falta. Nadie repara en mí lo suficiente como para ver lo que, a voces, soy. A nadie le preocupa que vaya siempre solo, que frecuente tugurios inclasificables, que no duerma por las noches o que no coma jamás en condiciones. Si acaso, alguna vez me miran con cara rara cuando digo que no fumo ni bebo, aunque sea mentira. No me disfrazo de nadie, porque el monstruo que soy no es tan extraño al fin y al cabo. Depredadores hay muchos, y, oculto entre ellos, no hace falta que esconda mis fauces demasiado.

lunes, 8 de noviembre de 2010

"Saber Que Te Hundes" 0002

Hay instantes en la vida en los que sabes que te confundes. Cuando entras en un garito oscuro en el que todos te miran con cara rara, seguramente te has confundido de sitio. Cuando intentas coger la cartera del bolsillo de la americana del tipo de al lado mientras la tiene puesta, seguramente, también. Pero cuando llamas a la ex de un amigo con la que crees que pudiste haber tenido un affair, es fijo que te confundes. No importa que ella te invitara a su casa en alguna ocasión. No importa que te robara un beso en un momento de indefensión. Ni siquiera es importante que ella te dijera que te amaba un día de alcohol, no. Sabes que te confundes, y eso es lo peor.

Llamas a mujeres a las que en un pasado no te atreviste a hablar de tus sentimientos, porque eras un cobarde antes y lo sigues siendo ahora. Esperas que los sentimientos que albergas por tus intereses de antaño sean ahora, con el paso del tiempo recíprocos. No importa nada ya, porque no lo serán. Y, en el peor de los casos, quizás sí lo sean. En el peor de los casos, quizás sí debiste haber hablado con ella diez años atrás, cuando te demostró que te apreciaba, y quizás algo más. En el peor de los casos, descubrirás que todo este tiempo es lo que has perdido, que ella te amaba y tú lo has sabido pero que, entre tanto, los dos habéis sido como un barco hundido. Quietos, parados, silentes, vacíos...

No es buena idea remover el pasado. No es buena idea. Las cosas que fueron deben quedar atrás. Y las que no se dieron, se deben olvidar. Saber que te hundes no es un consuelo, pero ayuda, y mucho, a sobrellevar el duelo...